Evangelio
Dijo también esta parábola a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás: “Subieron dos hombres al templo a orar; uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba para sí de esta manera: ‘Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros, ni como este publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todo lo que poseo.’ En cambio, el publicano, quedándose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: ‘Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador.’ Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no; porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.”
Reflexión
En este pasaje del Evangelio, Jesús nos presenta dos formas radicalmente opuestas de acercarnos a Dios: la del fariseo, que se presenta ante el Señor con una lista de méritos y una actitud de superioridad, y la del publicano, que se reconoce pecador y clama por misericordia. La verdadera oración no es un monólogo de autocomplacencia, sino un diálogo humilde donde reconocemos nuestra fragilidad y dependencia absoluta de la gracia divina. En la cultura de Japón, donde la modestia y la discreción son valores profundamente arraigados, podemos encontrar un eco de esta enseñanza: así como en la ceremonia del té se valora la simplicidad y la atención al presente, nuestra oración debe ser un acto de auténtica humildad, libre de pretensiones. Hoy, imitemos al publicano: acerquémonos al Señor con un corazón contrito, conscientes de que solo en la humildad encontramos la verdadera justificación. Que nuestra oración sea un grito sincero de necesidad, confiando en que Dios, en su infinita misericordia, nos acoge y nos eleva.





