Evangelio
Dicho esto, Jesús se turbó en su espíritu y dio testimonio diciendo: «En verdad, en verdad os digo: uno de vosotros me va a entregar». Los discípulos se miraban unos a otros, sin saber de quién hablaba. Uno de sus discípulos, el que Jesús amaba, estaba reclinado en el pecho de Jesús. Simón Pedro, entonces, le hizo señas y le dijo: «Dile de quién habla». Él, recostándose otra vez en el pecho de Jesús, le dijo: «Señor, ¿quién es?» Respondió Jesús: «Es aquel a quien yo daré el bocado que voy a mojar». Y, mojando el bocado, lo tomó y se lo dio a Judas Iscariote, hijo de Simón. Y tras el bocado, Satanás entró en él. Jesús le dijo: «Lo que vas a hacer, hazlo pronto». Pero ninguno de los que estaban a la mesa entendió por qué se lo decía; algunos pensaban que, como Judas tenía la bolsa, Jesús le decía: «Compra lo que nos hace falta para la fiesta», o que diera algo a los pobres. Tomado, pues, el bocado, salió inmediatamente. Era de noche.
Cuando salió, dijo Jesús: «Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre, y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo y pronto lo glorificará. Hijitos, todavía un poco estaré con vosotros. Me buscaréis; y, como dije a los judíos: “A donde yo voy, vosotros no podéis ir”, os lo digo también ahora a vosotros.
Le dijo Simón Pedro: «Señor, ¿a dónde vas?» Respondió Jesús: «A donde yo voy no puedes seguirme ahora; me seguirás más tarde». Le dijo Pedro: «Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? ¡Daré mi vida por ti!» Respondió Jesús: «¿Darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes de que me niegues tres veces».
Reflexión
En este Martes Santo, el Evangelio nos sumerge en la intimidad turbada de la Última Cena, donde Jesús, con el corazón agitado, revela la traición inminente. Judas y Pedro, cercanos discípulos que compartieron milagros y enseñanzas, encarnan la paradoja humana: la capacidad de amar profundamente y, al mismo tiempo, fallar. Esta escena no es solo historia; es un espejo de nuestra alma, donde cada uno de nosotros puede verse reflejado en esos momentos de debilidad que, como en la cultura japonesa del ‘mono no aware’, nos recuerdan la tristeza y belleza de la imperfección humana. En Japón, la práctica del ‘kintsugi’—reparar cerámica con oro—ilumina cómo nuestras fracturas, como las de Pedro y Judas, pueden transformarse en lugares de gracia cuando las acogemos con humildad. Hoy, al contemplar estos misterios, se nos invita a reconocer nuestras propias negaciones en la quietud de la noche, y a confiar en que, a través del perdón, Dios glorifica incluso nuestras caídas. Que este tiempo sagrado nos mueva a examinar nuestro corazón y abrazar la misericordia que renueva.





