Evangelio
El que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él. Le dijo Judas —no el Iscariote—: «Señor, ¿qué ha sucedido para que te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo?» Respondió Jesús y le dijo: «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras; y la palabra que oís no es mía, sino del Padre que me ha enviado. Os he dicho estas cosas estando entre vosotros. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho.
Reflexión
Querido lector, hoy Jesús nos revela un misterio asombroso: la Santísima Trinidad desea hacer morada en nosotros. No es una visita pasajera, sino una habitación permanente, un hogar. Pero esta promesa tiene una condición: amar a Jesús y guardar su Palabra. Amar no es un sentimiento vago; es obediencia confiada, es vivir según sus mandamientos. En Japón, donde la cultura valora el espacio íntimo y el respeto, imagina que tu corazón se convierte en un santuario donde el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo residen. Cada pensamiento, cada acción, cada silencio puede ser un lugar de encuentro con Dios. No necesitas viajar a un templo lejano; llevas el templo dentro de ti. ¿Cómo cuidarías esa morada divina? ¿Dejarías que el ruido del mundo la ensucie? Hoy, al despertar, recuerda que no estás solo: la Trinidad te habita. Ábrele la puerta de tu corazón y permítele transformar tu vida. Que tu día sea una ofrenda de amor a quien te ama primero.




