CULTIVA UN CORAZÓN DE TIERRA FÉRTIL PARA LA SEMILLA DE DIOS
Comentario al Evangelio del 2026-01-28
Miércoles de la 3.ª semana del Tiempo Ordinario
¿Alguna vez has pensado en cómo recibes las palabras que te cambian la vida? Jesús nos habla hoy de un sembrador que sale a esparcir semillas, y esa imagen me hace reflexionar sobre mi propio corazón. A veces soy como ese borde del camino: escucho algo bonito en misa o en la oración, pero luego llegan las distracciones del día a día y esa gracia desaparece tan rápido como llegó. Otras veces, mi corazón se parece al terreno pedregoso: me emociono con un propósito espiritual, pero cuando aparecen las dificultades, me desanimo fácilmente porque no he dejado que la Palabra eche raíces profundas.
En Japón hay una práctica llamada niwashi, el arte de cuidar un jardín. El jardinero prepara la tierra con esmero, quitando piedras, eliminando malezas, abonando el suelo… porque sabe que de la calidad de la tierra depende el crecimiento de las plantas. Así deberíamos cuidar nuestro kokoro, nuestro corazón-mente. ¿Estoy dejando que las preocupaciones, las prisas o el afán de tener más ahoguen lo esencial?
La oración no es simplemente meditar en nosotros mismos, sino un diálogo donde Dios tiene la iniciativa. Él es el sembrador que viene a nosotros con su Palabra. Nuestra parte es preparar el terreno, abrir el corazón y decir: ‘Señor, quita las piedras de mi indiferencia, arranca los espinos de mis preocupaciones, haz de mí tierra buena’.
Hoy, tomemos cinco minutos en silencio. Preguntémonos: ¿En qué terreno se ha convertido mi corazón últimamente? Y pidamos a Dios que lo transforme en tierra fértil, donde su gracia pueda crecer y dar frutos de paz, amor y esperanza para los demás.





