Published On: 19 de febrero de 2026279 words1,4 min read

Evangelio

«El Hijo del hombre debe padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser muerto y resucitar al tercer día».

Decía a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Porque quien quiera salvar su vida la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la salvará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si se pierde o se arruina a sí mismo?

Reflexión

En este inicio de Cuaresma, Jesús nos revela con profunda claridad el misterio de su Pasión y Resurrección, invitándonos a no quedarnos solo en el dolor sino a vislumbrar la gloria que viene después. Su anuncio de padecimiento y triunfo final no es solo un relato histórico, sino un mapa espiritual para nuestro propio caminar, donde cada sacrificio, vivido en unión con Él, se transforma en semilla de vida eterna. En la cultura de Japón, donde la belleza efímera del sakura enseña que la plenitud a menudo precede a la caída, y donde la resiliencia ante desastres naturales muestra una fortaleza que renace de las cenizas, encontramos un eco profundo de este mensaje evangélico: la vida que se aferra al ego se marchita, pero la que se entrega con humildad florece en una resurrección insospechada. Por ello, en nuestro día a día, acojamos con valentía las pequeñas cruces—esa renuncia silenciosa, ese servicio no reconocido—como escalones hacia la Pascua, confiando en que, al perdernos en Cristo, ganamos todo.

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