Evangelio
Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. ¿Quién de vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿Y si le pide un pez, le dará una serpiente? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan! Por eso, todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacedlo también vosotros con ellos; porque ésta es la Ley y los Profetas.
Reflexión
En este evangelio, Jesús nos invita a una oración confiada, recordándonos que nuestro Padre celestial escucha con amor infinito. No se trata de una mera petición egoísta, sino de abrir el corazón para recibir lo que verdaderamente necesitamos para nuestra salvación. La promesa divina no es un cheque en blanco, sino una garantía de que Dios, en su Providencia, responde siempre con bondad, aunque a veces su respuesta supere nuestra comprensión inmediata. En Japón, donde la cultura valora profundamente la armonía y la perseverancia silenciosa, podemos ver un reflejo de esta confianza en la oración constante, como en la práctica del ‘zazen’ que, aunque diferente, muestra una búsqueda interior que encuentra eco en nuestra fe. La vida está llena de necesidades, y en ellas Dios se hace presente, no como un solucionador mágico, sino como un Padre que nos acompaña y nos da fuerzas. Hoy, en medio de nuestras luchas, pidamos con fe, busquemos con esperanza y llamemos con amor, sabiendo que Él nos abrirá las puertas de su gracia. Acojamos su Palabra y vivamos la regla de oro: tratemos a los demás como queremos ser tratados, porque en eso se resume la Ley y los Profetas, y así experimentaremos su Providencia en lo cotidiano.





