Published On: 3 de abril de 20262139 words10,7 min read

Evangelio

Después de decir estas cosas, Jesús salió con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, y entró allí con sus discípulos. También Judas, el que lo entregaba, conocía el lugar, porque Jesús se reunía allí a menudo con sus discípulos. Entonces Judas, tomando una cohorte y guardias de parte de los sumos sacerdotes y de los fariseos, llegó allí con linternas, antorchas y armas. Jesús, sabiendo todo lo que iba a sucederle, se adelantó y les dijo: “¿A quién buscan?” Le respondieron: “A Jesús el Nazareno.” Les dijo: “Yo soy.” Estaba con ellos Judas, el que lo entregaba. Cuando les dijo: “Yo soy”, retrocedieron y cayeron a tierra. Les preguntó de nuevo: “¿A quién buscan?” Dijeron: “A Jesús el Nazareno.” Respondió Jesús: “Les he dicho que soy yo; por tanto, si me buscan a mí, dejen ir a estos.” Así se cumplía la palabra que había dicho: “De los que me diste no perdí a ninguno.” Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la desenvainó e hirió al siervo del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha; aquel siervo se llamaba Malco. Dijo entonces Jesús a Pedro: “Vuelve la espada a la vaina. ¿No he de beber el cáliz que me ha dado el Padre?” La cohorte, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús y lo ataron. Lo llevaron primero a Anás, porque era suegro de Caifás, que era sumo sacerdote aquel año. Caifás era el que había aconsejado a los judíos que convenía que muriera un solo hombre por el pueblo.

Simón Pedro seguía a Jesús, junto con otro discípulo. Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el atrio del sumo sacerdote, mientras Pedro se quedó fuera, a la puerta. Salió entonces el otro discípulo, conocido del sumo sacerdote, habló con la portera e hizo entrar a Pedro. La criada portera dijo a Pedro: “¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?” Él respondió: “No lo soy.” Los siervos y los guardias habían encendido un brasero porque hacía frío y se calentaban; Pedro también estaba con ellos, calentándose.

El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina. Jesús le respondió: “Yo he hablado abiertamente al mundo; siempre he enseñado en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y nada he dicho a escondidas. ¿Por qué me preguntas a mí? Pregunta a los que me han oído lo que les hablé; ellos saben lo que dije.” Apenas dijo esto, uno de los guardias presentes dio una bofetada a Jesús, diciendo: “¿Así respondes al sumo sacerdote?” Jesús le respondió: “Si he hablado mal, declara en qué está el mal; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?” Entonces Anás lo envió atado a Caifás, el sumo sacerdote.

Simón Pedro estaba de pie, calentándose, y le dijeron: “¿No eres tú también de sus discípulos?” Él lo negó y dijo: “No lo soy.” Uno de los siervos del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro le había cortado la oreja, le dijo: “¿No te vi yo en el huerto con él?” Pedro volvió a negarlo, e inmediatamente cantó el gallo.

Condujeron a Jesús desde la casa de Caifás al pretorio. Era de mañana, y ellos no entraron en el pretorio para no contaminarse y poder comer la Pascua. Pilato salió afuera hacia ellos y dijo: “¿Qué acusación presentan contra este hombre?” Le respondieron: “Si este no fuera un malhechor, no te lo habríamos entregado.” Pilato les dijo: “Tómenlo ustedes y júzguenlo según su ley.” Los judíos le dijeron: “A nosotros no nos está permitido dar muerte a nadie.” Así se cumplía la palabra que Jesús había dicho, indicando de qué muerte iba a morir.

Entonces Pilato entró de nuevo en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo: “¿Tú eres el rey de los judíos?” Jesús respondió: “¿Dices esto por tu cuenta, o te lo han dicho otros de mí?” Pilato respondió: “¿Acaso soy yo judío? Tu nación y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?” Jesús respondió: “Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí.” Pilato le dijo: “Entonces, ¿tú eres rey?” Jesús respondió: “Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.” Pilato le dijo: “¿Qué es la verdad?” Dicho esto, salió otra vez adonde estaban los judíos y les dijo: “Yo no encuentro en él ningún delito. Pero tienen la costumbre de que les suelte a uno por la Pascua. ¿Quieren, pues, que les suelte al rey de los judíos?” Entonces ellos gritaron de nuevo: “A ese no; a Barrabás.” Y Barrabás era un bandido.

Entonces Pilato tomó a Jesús y mandó azotarlo. Los soldados, tejiendo una corona de espinas, se la pusieron sobre la cabeza y le echaron encima un manto púrpura. Y se acercaban a Él diciendo: “¡Salve, rey de los judíos!”, y le daban bofetadas.

Pilato salió de nuevo y les dijo: “Mirad, os lo traigo fuera para que sepáis que no encuentro en Él ningún delito”. Salió, pues, Jesús, llevando la corona de espinas y el manto púrpura. Pilato les dijo: “He aquí al hombre”. Cuando los sumos sacerdotes y los guardias lo vieron, gritaron: “¡Crucifícalo, crucifícalo!”. Pilato les dijo: “Tomadlo vosotros y crucificadlo, porque yo no encuentro en Él delito”. Los judíos le respondieron: “Nosotros tenemos una ley, y según esa ley debe morir, porque se ha hecho Hijo de Dios”. Al oír estas palabras, Pilato tuvo más miedo. Entró otra vez en el pretorio y dijo a Jesús: “¿De dónde eres?”. Pero Jesús no le dio respuesta. Pilato le dijo entonces: “¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para crucificarte y autoridad para soltarte?”. Jesús respondió: “No tendrías ninguna autoridad sobre mí si no se te hubiera dado de lo alto; por eso, el que me ha entregado a ti tiene mayor pecado”.

Desde entonces, Pilato buscaba soltarlo; pero los judíos gritaban: “Si sueltas a ése, no eres amigo del César; todo el que se hace rey se opone al César”. Al oír estas palabras, Pilato sacó fuera a Jesús y se sentó en el tribunal, en un lugar llamado el Enlosado, que en hebreo se dice Gábata. Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia la hora sexta. Y dijo a los judíos: “He aquí a vuestro rey”. Ellos gritaban: “¡Fuera, fuera! ¡Crucifícalo!”. Pilato les dijo: “¿A vuestro rey voy a crucificar?”. Respondieron los sumos sacerdotes: “No tenemos más rey que el César”. Entonces se lo entregó para que lo crucificaran. Tomaron, pues, a Jesús y se lo llevaron.

Jesús, cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se dice Lugar de la Calavera. Allí lo crucificaron, y con Él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio. Pilato escribió también un título y lo puso sobre la cruz; estaba escrito: “JESÚS EL NAZARENO, REY DE LOS JUDÍOS”. Muchos judíos leyeron aquel título, porque el lugar donde crucificaron a Jesús estaba cerca de la ciudad; y estaba escrito en hebreo, en griego y en latín. Entonces los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato: “No escribas: ‘Rey de los judíos’, sino: ‘Él dijo: Yo soy rey de los judíos’”. Pilato respondió: “Lo que he escrito, escrito está”.

Cuando los soldados crucificaron a Jesús, tomaron sus vestidos e hicieron cuatro partes, una para cada soldado, y la túnica. Pero la túnica era sin costura, tejida de una pieza de arriba abajo. Por esto dijeron entre ellos: “No la rompamos; echémosla a suerte, a ver de quién será”. Así se cumplió la Escritura: “Se repartieron mis vestidos y sobre mi túnica echaron suertes”. Y así lo hicieron los soldados.

Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María de Cleofás, y María Magdalena. Cuando Jesús vio a su madre y, junto a ella, al discípulo a quien Él amaba, dijo a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.

Después de esto, sabiendo Jesús que todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dijo: “Tengo sed”. Había allí un recipiente lleno de vinagre; y, empapando una esponja en el vinagre y sujetándola a una rama de hisopo, se la acercaron a la boca. Cuando Jesús tomó el vinagre, dijo: “Todo está cumplido”. E inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

Entonces, como era el día de la Preparación, para que los cuerpos no quedaran en la cruz durante el sábado—porque aquel sábado era un día solemne—, los judíos pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran. Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro que estaba crucificado con Él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero; él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis. Porque esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: “No le quebraréis ninguno de sus huesos”. Y otra Escritura dice todavía: “Mirarán al que traspasaron”.

Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque oculto por miedo a los judíos, pidió a Pilato poder retirar el cuerpo de Jesús; y Pilato lo permitió. Él fue entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nicodemo, el que antes había ido donde Jesús de noche, trayendo una mezcla de mirra y áloe, como de unas setenta libras. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos con los aromas, según la costumbre de sepultar entre los judíos. En el lugar donde lo crucificaron había un huerto, y en el huerto, un sepulcro nuevo, en el que todavía no habían puesto a nadie. Y, como el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús por causa de la Preparación de los judíos.

Reflexión

En este Viernes Santo, contemplamos con profunda reverencia el misterio insondable de la Pasión del Señor, donde el Hijo de Dios, en obediencia perfecta al Padre, acepta libremente el camino de la Cruz, transformando el sufrimiento humano en un acto de amor redentor que alcanza a cada uno de nosotros. Nuestros pecados, aunque pequeños en comparación, están misteriosamente unidos a este sacrificio divino, invitándonos a reconocer con humildad nuestra fragilidad y a confiar en la misericordia infinita que brota del costado abierto de Cristo. En la cultura de Japón, donde la resiliencia ante el dolor y la búsqueda de significado en el sufrimiento son valores profundamente arraigados, como se ve en la filosofía del ‘mono no aware’ o la aceptación serena de la impermanencia, este Evangelio resuena con especial fuerza, mostrando que en la Cruz encontramos no solo el silencio de la muerte, sino el grito silencioso de un amor que da sentido a todo dolor humano. Hoy, en medio del aparente silencio de Dios, nuestra fe nos permite ver más allá, descubriendo que este sufrimiento es la respuesta definitiva a los anhelos más profundos de nuestro corazón, llamándonos a abrazar la Cruz en nuestra vida diaria, confiando en que, tras la oscuridad, resplandece la luz de la Resurrección.

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