Evangelio
Ellas salieron del sepulcro a toda prisa, con temor y gran alegría, y corrieron a anunciarlo a los discípulos.
Y de pronto Jesús les salió al encuentro y dijo: «Alegraos». Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante él. Entonces Jesús les dijo: «No temáis; id a comunicarlo a mis hermanos: que vayan a Galilea; allí me verán».
Mientras ellas iban, algunos de la guardia fueron a la ciudad y contaron a los sumos sacerdotes todo lo sucedido. Estos, reunidos con los ancianos y después de deliberar, dieron a los soldados una gran suma de dinero, diciéndoles: «Decid: “Sus discípulos vinieron de noche y se lo llevaron mientras nosotros dormíamos”. Y si esto llega a oídos del procurador, nosotros le convenceremos y os pondremos a salvo». Ellos tomaron el dinero e hicieron según se les había instruido. Y esta versión se ha difundido entre los judíos hasta el día de hoy.
Reflexión
En este Lunes de la Octava de Pascua, contemplamos a las santas mujeres corriendo del sepulcro con esa mezcla paradójica de temor y alegría que solo el encuentro con lo divino puede producir. Jesús les sale al encuentro y su primera palabra es «Alegraos», porque la Resurrección es la respuesta definitiva a los anhelos más profundos del corazón humano, esa sed de eternidad que llevamos inscrita en el alma. En Japón, donde la cultura valora tanto la armonía y la belleza efímera del sakura, la Pascua nos revela que la verdadera belleza es eterna y que nuestra alma encuentra su descanso solo en Dios. La alegría pascual no es un sentimiento pasajero, sino una realidad transformadora que nos impulsa, como a las mujeres, a anunciar con valentía la Buena Nueva, superando los obstáculos y falsedades que el mundo pueda oponer. Hoy, dejemos que esta alegría nos inunde y nos convierta en testigos gozosos de Cristo resucitado en nuestro entorno.





