Evangelio
María, en cambio, estaba junto al sepulcro, fuera, llorando. Mientras lloraba, se inclinó hacia el sepulcro y vio a dos ángeles de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. Ellos le dicen: «Mujer, ¿por qué lloras?». Ella les responde: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto». Dicho esto, se volvió y vio a Jesús de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dice Jesús: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Ella, pensando que era el hortelano, le dice: «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo me lo llevaré». Jesús le dice: «¡María!». Ella se vuelve y le dice en hebreo: «¡Rabbuní!» (que significa: Maestro). Le dice Jesús: «No me retengas, porque todavía no he subido a mi Padre; pero vete donde mis hermanos y diles: “Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios”». Fue María Magdalena y anunció a los discípulos: «He visto al Señor», y que él le había dicho estas cosas.
Reflexión
En el silencio del sepulcro, María Magdalena llora desconsolada, incapaz de ver más allá de su dolor. Su encuentro con Jesús nos revela una verdad profunda: la resurrección se manifiesta primero en el reconocimiento personal. Cuando Jesús pronuncia su nombre, «¡María!», no es un simple llamado, sino una invitación íntima que atraviesa su pena y le devuelve la identidad. Así como en Japón, donde la ceremonia del té enseña que en la atención plena a los detalles simples se descubre la belleza y la presencia, nosotros debemos cultivar un corazón atento para escuchar cómo Jesús nos llama en lo cotidiano. En medio de nuestras confusiones y tristezas, Él pronuncia nuestro nombre con un amor que transforma el llanto en misión. Hoy, como María, seamos portadores de esa esperanza: anunciemos con nuestra vida que hemos visto al Señor, y que en cada llamado personal, Él nos invita a una relación viva que renueva todo.





