Evangelio
Mientras hablaban de esto, Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo: “La paz sea con vosotros. Soy yo. No temáis.” Pero ellos, turbados y llenos de miedo, creían ver un espíritu. Él les dijo: “¿Por qué os turbáis y por qué se suscitan dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies: soy yo mismo. Palpad y ved, porque un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo.” Y, diciendo esto, les mostró las manos y los pies. Como ellos, de gozo, no acababan de creer y estaban maravillados, les dijo: “¿Tenéis aquí algo de comer?” Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado y un panal de miel. Y, tomándolos, comió en su presencia; y, tomando lo que quedaba, se lo dio. Luego les dijo: “Esto es lo que os decía cuando aún estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo escrito acerca de mí en la ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos.” Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: “Así está escrito, y así era necesario: que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día, y que en su nombre se predicara a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, la conversión y el perdón de los pecados. Vosotros sois testigos de estas cosas.
Reflexión
En este pasaje del Jueves de la Octava, Jesús se presenta resucitado a sus discípulos, ofreciéndoles paz y disipando sus temores con su presencia tangible. No es un fantasma, sino el Señor vivo que muestra sus heridas y come con ellos, confirmando la realidad de su victoria sobre la muerte. Este encuentro transforma su turbación en gozo y les abre el entendimiento para comprender cómo las Escrituras se cumplen en Él: el Cristo que padece, resucita y trae perdón. En Japón, donde la cultura valora la armonía (wa) y la conexión con lo trascendente a través de gestos concretos como el té o la contemplación, esta escena resuena profundamente. Jesús no es una idea abstracta, sino una presencia que se manifiesta en lo cotidiano—como compartir una comida—invitándonos a encontrar lo divino en lo humano. Así, al igual que los discípulos, somos llamados a ser testigos: en nuestro trabajo, familia y comunidad, anunciemos con valentía que Cristo vive y trae paz verdadera. Que este mensaje encienda nuestros corazones para compartirlo con el mundo, empezando por nuestro entorno inmediato en Japón, donde la búsqueda de significado espiritual puede encontrar su plenitud en el Evangelio.





