Evangelio
Pero Jesús se dirigió al monte de los Olivos. Por la mañana temprano, volvió al templo; y todo el pueblo acudía a él. Y sentándose, les enseñaba. Entonces los escribas y los fariseos le trajeron a una mujer sorprendida en adulterio, y poniéndola en medio, le dijeron: «Maestro, esta mujer acaba de ser sorprendida en flagrante adulterio. Y en la ley, Moisés nos mandó apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices?». Decían esto para ponerle a prueba, a fin de tener de qué acusarle. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en la tierra. Como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra». E inclinándose de nuevo, siguió escribiendo en la tierra. Pero ellos, al oírlo, se fueron retirando uno a uno, comenzando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer que estaba en medio. Entonces Jesús, incorporándose, le dijo: «Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te ha condenado?». Ella respondió: «Ninguno, Señor». Entonces Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más».
Reflexión
En este pasaje evangélico, Jesús nos revela la profunda verdad de que todos somos pecadores necesitados de misericordia. Al escribir en la tierra, quizás trazando las faltas ocultas de los acusadores, nos enseña que la auténtica justicia nace del reconocimiento humilde de nuestra propia fragilidad. En Japón, donde la cultura valora profundamente la armonía social y el respeto por el otro, esta enseñanza resuena con especial fuerza: así como en la ceremonia del té se busca la purificación interior antes de compartir con los demás, debemos examinar nuestro corazón antes de juzgar. La mujer, liberada no por su inocencia sino por la gracia divina, nos muestra que el perdón transforma. Hoy, pidamos la gracia de mirar con los ojos de Cristo, recordando que nuestra salvación depende de esa misma misericordia que ofrecemos a los demás, construyendo puentes de compasión en lugar de muros de condena.





