Evangelio
Se celebraba por entonces en Jerusalén la fiesta de la Dedicación; era invierno. Jesús se paseaba por el templo, en el pórtico de Salomón. Los judíos le rodearon y le dijeron: «¿Hasta cuándo nos tendrás en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo abiertamente». Jesús les respondió: «Os lo he dicho y no creéis. Las obras que yo hago en nombre de mi Padre, ésas dan testimonio de mí; pero vosotros no creéis porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna: no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mi mano. Lo que mi Padre me dio es mayor que todo, y nadie puede arrebatar de la mano de mi Padre. El Padre y yo somos uno».
Reflexión
Querido hermano, el Evangelio de hoy nos sitúa en el invierno de Jerusalén, en la fiesta de la Dedicación, un tiempo de preguntas y espera. Los judíos rodean a Jesús y le exigen una respuesta clara: ‘¿Eres el Mesías?’. Pero Jesús no se entrega a la obviedad; prefiere el camino del sacramento, del signo. Nos invita a ir más allá de lo superficial, a leer en sus palabras y gestos la unidad profunda con el Padre. En Japón, donde la sutileza y el respeto por lo no dicho son valores culturales, esta enseñanza resuena con fuerza: Dios no se impone, sino que se ofrece en signos de amor y entrega. Como san Pedro Chanel, que dio su vida en Oceanía, o san Luis María Grignion, que predicó la sabiduría de la cruz, estamos llamados a reconocer la voz del Buen Pastor en lo cotidiano. Hoy, pregúntate: ¿qué signos de Dios percibo en mi día? ¿Dejo que su voz me guíe más allá de las certezas humanas?





