Published On: 12 de julio de 2026389 words1,9 min read

Evangelio

No piensen que he venido a traer paz a la tierra; no he venido a traer paz, sino espada. Porque he venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre y a la nuera con su suegra; y los enemigos de cada cual serán los de su propia casa. El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará. Quien a ustedes recibe, a mí me recibe; y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me envió. Quien recibe a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta; y quien recibe a un justo por ser justo, recibirá recompensa de justo. Y quien dé de beber, aunque sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser discípulo, en verdad les digo que no perderá su recompensa. Cuando Jesús terminó de dar instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí para enseñar y predicar en sus ciudades.

Reflexión

Jesús nos confronta con la verdad total: seguirlo exige renunciar a todo, incluso a los lazos más sagrados. No es una paz cómoda, sino una espada que separa para unir en Él. Esta división nace de la radicalidad del Evangelio, que reclama el primer lugar en nuestros corazones. En Japón, donde la familia y la armonía social son pilares, la conversión puede generar tensiones. Un católico japonés a menudo debe elegir entre la tradición ancestral y la fe en Cristo. Sin embargo, esta ‘espada’ es en realidad el fuego del amor divino que purifica y ordena. Tomar la cruz es abrazar la paradoja: perder la vida para hallarla. Hoy, en medio de dificultades, estamos llamados a dar testimonio con humildad. Un pequeño gesto de amor, como un vaso de agua, puede abrir puertas. Recemos para que, en nuestras familias, el amor a Cristo sea el fundamento de toda paz verdadera.

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