Queridos misioneros.
Quedan… 55 días para mi marcha a Japón.
Y esta semana querría compartir con vosotros las dos lecturas que me están acompañando últimamente.
Cuando le digo a la gente que voy a marchar como misionero a Japón, normalmente suelen responderme: «¡Como San Francisco Javier!». Y es que la vida de este santo español del siglo XVI no pasa inadvertida. Sus años de misionero fueron realmente apasionantes.
He podido conocer más la figura de San Francisco Javier leyendo una novela titulada “El Oriente en Llamas”. Ya había leído con anterioridad varías novelas sobre la vida de los santos de este autor alemán: Louis de Wohl. Y he de reconocer que todas me gustaron (San Agustín, la emperatriz Santa Elena, San Pedro, Santo Tomas de Aquino…).
Y al profundizar en la vida de San Francisco Javier me ha llamado la atención las aventuras que pasó, tanto en la India como en Japón. El viaje que le llevó desde la península ibérica hasta la India. Pero, sobre todo, el celo por la salvación de las almas que le llevó a la entrega de la vida sin reserva alguna.
Este libro ya lo terminé y ahora he comenzado otra obra sobre San Francisco Javier. Aunque esta es una obra de teatro escrita en verso por el dramaturgo José María Pemán. Y le tengo muy buen recuerdo porque la interpreté cuando estaba en mi primer año de seminario.
Estoy disfrutando mucho de su lectura porque, a diferencia de la prosa novelada, el teatro en verso permite una profundidad mayor al texto y su correspondiente significado. Y voy señalando algunos versos que resuenan también en mi corazón.
No te lo vengo a quitar.
El divino impaciente
que te lo vengo a poner.
Yo no te vengo a tañer
junto al oído un laúd
que por extraña virtud
te amodorre en dulce calma;
vengo a poner la inquietud
entre tu vid a y tu alma.
Vengo a ensancharte, Javier,
en ti mismo tu medida,
y a hacer que se talle y mida
por tu ambición, tu valer;
quiero en tu tierra poner
nuevas espigas y flores;
templarte en nuevos ardores
el sentimiento y la idea,
y, bruñéndola a dolores,
hacer que tu vida sea,
sin mancha de error ni mal,
como un perfecto fanal
en el que no se adivina
en dónde el aire termina
y en dónde empieza el cristal.



¡¡¡Extraordinario!!!. José Ramón: querido párroco, gran persona, amigo… Dios sin duda te recompensará en el Cielo y aún en la tierra ya ha comenzado a hacerlo por todo lo que haces. Un abrazo fuerte para tí y que Dios te bendiga en tu sagrada tarea en Osaka.
Muchas gracias José Manuel.
Un fuerte abrazo.