DE LA MISIÓN AL CORAZÓN DEL PADRE
Comentario al Evangelio del 2025-10-04
Sábado XXVI semana del Tiempo Ordinario
Me imagino a los setenta y dos regresando como después de un matsuri: polvo en las sandalias, ojos brillantes, historias que se pisan unas a otras. Jesús no interrumpe; escucha, se ríe, se enternece. Y, mira, su alegría no se queda en aplauso: se vuelve oración. “Padre, gracias…”. La verdad es que ahí está la clave: cuando la misión da fruto, el corazón de Jesús mira arriba. La oración es un diálogo con Dios, el Padre, donde Él tiene la primacía y nosotros respondemos confiados. Nada de mirarnos al ombligo.
También nos corrige con cariño: no celebréis el poder, celebrad que vuestro nombre está en el cielo. Es identidad, no rendimiento. “Bienaventurados los ojos que ven…”. En Japón se dice okage-sama de: “gracias a lo que he recibido”. Pues eso: todo bien viene del Padre. Los testimonios son como omiyage que traemos de camino y que alimentan la gratitud. Y esa alegría compartida crea kizuna, lazos que sostienen.
Y cuando habla de pisotear serpientes y escorpiones, nos recuerda que no vamos solos: su Nombre nos guarda; por eso no hay miedo, hay confianza.
Hoy, haz algo sencillo: cuenta a alguien un pequeño “milagro cotidiano” y luego guarda un momento de ma, de pausa, para decir: “Padre, gracias por lo que Tú haces”. Después, ofrece un gesto de omoiyari a quien tengas al lado.





