Published On: 24 de febrero de 2026342 words1,7 min read

Evangelio

Al orar, no multipliquen las palabras como los paganos, que piensan ser escuchados por su palabrería. No los imiten, porque su Padre sabe lo que necesitan antes de pedírselo. Ustedes, pues, oren así: Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu Reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén. Porque si ustedes perdonan a los hombres sus faltas, también su Padre celestial les perdonará a ustedes; pero si no perdonan a los hombres, tampoco su Padre les perdonará sus faltas.

Reflexión

En este pasaje evangélico, Jesús nos revela el corazón mismo de la oración cristiana: no se trata de acumular palabras vacías, sino de abrir el alma con humildad ante el Padre que ya conoce nuestras necesidades más profundas. La oración del Padrenuestro que Él nos enseña es un modelo de confianza filial, donde reconocemos que Dios es el centro y nosotros sus hijos dependientes. Esta sencillez no es pobreza espiritual, sino riqueza de entrega, pues al repetir las palabras que Cristo nos dio, nos unimos a su propia oración y aprendemos a despojarnos de nuestro egoísmo. En Japón, donde la cultura valora profundamente la armonía (和) y la atención silenciosa a los detalles, podemos encontrar un eco de esta enseñanza: así como en la ceremonia del té cada gesto tiene significado sin necesidad de palabras superfluas, en nuestra oración cada palabra del Padrenuestro contiene todo lo esencial. La invitación es a hacer de esta oración el latido de nuestro día, confiando que al decir ‘hágase tu voluntad’, estamos construyendo el Reino en nuestra propia tierra. Hoy, recemos con el corazón de niños, sabiendo que el Padre nos escucha siempre.

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