Evangelio
Y subiendo Jesús a Jerusalén, tomó aparte a los doce discípulos y les dijo en el camino: “Mirad, subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles para que sea escarnecido y azotado y crucificado; y al tercer día resucitará.” Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos; se postró ante él para pedirle algo. Él le dijo: “¿Qué quieres?” Ella le dice: “Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, en tu reino.” Pero Jesús, respondiendo, dijo: “No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo voy a beber?” Ellos le dicen: “Podemos.” Él les dice: “Mi cáliz, ciertamente, lo beberéis; pero sentarse a mi derecha y a mi izquierda no me toca a mí concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre.” Al oír esto, los otros diez se indignaron contra los dos hermanos. Mas Jesús los llamó y dijo: “Sabéis que los jefes de los gentiles los dominan y los grandes ejercen autoridad sobre ellos. No ha de ser así entre vosotros; sino que quien quiera llegar a ser grande entre vosotros sea vuestro servidor, y quien quiera ser el primero entre vosotros sea vuestro siervo, como el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos.”
Reflexión
En este pasaje evangélico, Jesús nos revela el misterio más profundo de su misión mientras avanza hacia Jerusalén, anticipando su Pasión, Muerte y Resurrección. Los discípulos, aún atrapados en expectativas mundanas de poder y gloria, no comprenden que el verdadero reino se construye sobre el servicio y la entrega total. La petición de la madre de los hijos de Zebedeo refleja nuestra tendencia humana a buscar posiciones de honor, olvidando que el camino cristiano exige beber el cáliz del sacrificio. En Japón, donde la cultura valora profundamente la armonía social y el servicio desinteresado, como se manifiesta en conceptos como ‘omotenashi’ (hospitalidad sincera) o el trabajo comunitario en festivales locales, podemos ver un reflejo de esta enseñanza evangélica. Sin embargo, Jesús eleva este servicio a un nivel divino: no se trata solo de cortesía, sino de dar la vida por los demás, imitando su entrega en la cruz. Hoy, en nuestras familias, trabajos y comunidades, estamos llamados a transformar nuestra ambición en humildad, buscando no ser servidos sino servir con amor generoso, encontrando en cada acto de entrega un eco de la redención que Cristo nos ofrece.





