Evangelio
Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo, y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo, llamado Lázaro, yacía a su puerta, cubierto de llagas, deseando saciarse de lo que caía de la mesa del rico; pero nadie se lo daba; y hasta los perros venían y le lamían las llagas. Sucedió que murió el mendigo y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán. Murió también el rico y fue sepultado; y en el Hades, estando en tormentos, alzó los ojos y vio de lejos a Abrahán y a Lázaro en su seno. Y gritando dijo: «Padre Abrahán, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama.» Pero Abrahán le dijo: «Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, a su vez, males; ahora él es consolado aquí, mientras que tú eres atormentado. Además, entre nosotros y vosotros se ha establecido un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a vosotros no pueden, ni de ahí se puede pasar hasta nosotros.» Él dijo: «Entonces te ruego, padre, que lo envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio, no sea que ellos también vengan a este lugar de tormento.» Abrahán le dijo: «Tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen.» Él dijo: «No, padre Abrahán; pero si alguno de entre los muertos va a ellos, se arrepentirán.» Le dijo: «Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, tampoco se convencerán, aunque resucite uno de entre los muertos.»
Reflexión
En este Jueves de Cuaresma, la parábola del rico y Lázaro nos confronta con la realidad del infierno, no como amenaza lejana, sino como posibilidad existencial cuando cerramos el corazón al prójimo. La enseñanza tradicional, como mencionas, a veces generaba un temor paralizante que oscurecía el amor a Dios, reduciendo la fe a un cálculo de premios y castigos. Hoy, al contrario, el silencio sobre el infierno ha difuminado el sentido del pecado, olvidando que nuestras decisiones tienen consecuencias eternas. Esta parábola restaura el equilibrio: el infierno no es castigo arbitrario, sino la trágica culminación de una vida que eligió la indiferencia sobre la caridad, el egoísmo sobre la compasión. En Japón, donde la armonía social y el respeto al otro son valores profundos, esta enseñanza resuena con fuerza: la indiferencia ante el sufrimiento ajeno, ya sea en el vecino o en el marginado, contradice no solo la fe católica sino también ese ideal de ‘wa’ (和) que busca la unidad. El rico no fue condenado por su riqueza, sino por no ver a Lázaro a su puerta; su pecado fue la ceguera voluntaria. En nuestra vida diaria, ¿cuántos ‘Lázaros’ ignoramos en el afán por nuestro bienestar? La Cuaresma nos llama a abrir los ojos, a convertir el miedo en amor activo, pidiendo a Dios que nuestro obrar nazca del deseo de estar con Él, evitando el pecado que nos separa de su amor infinito.





