Published On: 12 de marzo de 2026447 words2,2 min read

Evangelio

Estaba Él expulsando un demonio que era mudo. Apenas salió el demonio, el mudo habló, y las multitudes se maravillaron. Pero algunos de ellos dijeron: “Por Belcebú, príncipe de los demonios, expulsa los demonios.” Otros, para ponerlo a prueba, le pedían de Él un signo del cielo. Pero Él, conociendo sus pensamientos, les dijo: “Todo reino dividido contra sí mismo queda asolado y casa cae sobre casa. Así, si también Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo se mantendrá su reino? Porque decís que yo expulso los demonios por Belcebú. Y si yo expulso los demonios por Belcebú, ¿por quién los expulsan vuestros hijos? Por eso, ellos mismos serán vuestros jueces. Pero si por el dedo de Dios expulso yo los demonios, entonces es que el Reino de Dios ha llegado a vosotros. Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda la entrada de su casa, sus bienes están en paz; pero si llega uno más fuerte que él y lo vence, le quita todas las armas en que confiaba y reparte sus despojos. El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama.

Reflexión

En este pasaje, Jesús realiza un signo poderoso al liberar a un mudo, mostrando que el Reino de Dios irrumpe con fuerza sanadora. Sin embargo, algunos, con el corazón endurecido, atribuyen su obra a Belcebú, revelando cómo la cerrazón espiritual puede cegarnos ante la acción divina. Jesús responde con sabiduría, exponiendo la incoherencia de un reino dividido y afirmando que su poder viene del ‘dedo de Dios’, símbolo de la autoridad divina que vence al mal. En Japón, donde la armonía y la unidad son valores profundos, podemos ver un reflejo de esta enseñanza: así como una sociedad fragmentada pierde su fuerza, el corazón que se divide entre la fe y la duda queda vacío. La cultura japonesa valora el silencio y la reflexión, pero Jesús nos invita a romper el silencio del miedo y hablar con valentía, reconociendo su Reino. Hoy, frente a quienes atacan la fe con corazones cerrados, nuestra respuesta debe ser la oración por su conversión y el testimonio firme de que Cristo es el ‘más fuerte’ que desarma el mal. No basta con no oponerse; debemos recoger con Él, pues quien no está con Cristo, desparrama. Que este tiempo de Cuaresma nos ayude a examinar si nuestro corazón está unido a Dios o dividido por prejuicios, para que, como el mudo liberado, proclamemos con nuestra vida que el Reino ha llegado.

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