Evangelio
Pero Jesús les respondió: “Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo también trabajo.” Por eso, a causa de esto, los judíos buscaban con más empeño matarlo, pues no sólo quebrantaba el sábado, sino que además decía que Dios era su Padre, haciéndose igual a Dios.
Entonces Jesús tomó la palabra y les dijo: “En verdad, en verdad les digo: el Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino sólo lo que ve hacer al Padre; porque lo que Él hace, eso mismo lo hace igualmente el Hijo. Porque el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que Él mismo hace, y le mostrará obras mayores que éstas, de modo que se asombrarán. Pues así como el Padre resucita a los muertos y da vida, así también el Hijo da vida a quien Él quiere. Porque el Padre no juzga a nadie, sino que ha entregado todo juicio al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. Quien no honra al Hijo no honra al Padre que lo envió. En verdad, en verdad les digo: quien escucha mi palabra y cree en Aquel que me envió tiene vida eterna y no entra en juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida. En verdad, en verdad les digo: viene la hora, y ya ha llegado, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán. Porque así como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha concedido al Hijo tener vida en sí mismo; y le ha dado autoridad para ejecutar el juicio, porque es el Hijo del Hombre. No se asombren de esto, porque viene la hora en que todos los que están en los sepulcros oirán su voz, y saldrán: los que hicieron el bien, para resurrección de vida; y los que hicieron el mal, para resurrección de juicio. Yo no puedo hacer nada por mi cuenta; según oigo, así juzgo, y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió.
Reflexión
Hoy el Evangelio nos invita a contemplar la profunda intimidad entre el Padre y el Hijo, una comunión perfecta donde Jesús revela que toda su acción brota de escuchar y cumplir la voluntad del Padre. Esta no es una sumisión pasiva, sino el acto supremo de amor y unidad que sostiene la creación. En nuestra vida, a menudo buscamos autonomía como sinónimo de libertad, pero Cristo nos muestra que la verdadera libertad nace de la obediencia amorosa a Dios, de sintonizar nuestro corazón con el Suyo para que nuestras obras sean reflejo de Su amor. En Japón, la armonía y el respeto por las tradiciones y la voluntad colectiva son valores profundos que reflejan, en cierto modo, esta búsqueda de unidad más allá del individuo. Así como en la cultura japonesa se valora el ‘wa’ o armonía grupal, nosotros estamos llamados a buscar la armonía con la voluntad divina, abandonando nuestro egoísmo para acoger el plan de amor de Dios. En esta Cuaresma, examinemos: ¿escuchamos realmente la voz de Dios en la oración y en los hermanos, o seguimos nuestros propios caminos? Imitemos a Jesús, cuyo ‘yo’ se funde totalmente en el ‘Tú’ del Padre, y encontraremos la vida verdadera que Él promete.





