Published On: 19 de marzo de 2026454 words2,3 min read

Evangelio

Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo. De modo que todas las generaciones desde Abraham hasta David son catorce generaciones; desde David hasta la deportación a Babilonia, catorce generaciones; y desde la deportación a Babilonia hasta Cristo, catorce generaciones.

El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: su madre María, estando desposada con José, antes de que vivieran juntos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, como era justo y no quería exponerla, resolvió repudiarla en secreto. Mientras pensaba en esto, he aquí que un Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas recibir a María, tu mujer, porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados». Todo esto sucedió para que se cumpliera lo dicho por el Señor por medio del profeta: «He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel», que significa: «Dios con nosotros». Despertado José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado y la recibió como esposa.

Reflexión

Hoy contemplamos a san José, ese hombre justo cuyo silencio en las Escrituras habla más fuerte que mil palabras, invitándonos a reconocer que la verdadera grandeza reside en desaparecer para que Dios brille. Su historia nos revela cómo la fidelidad en lo ordinario—ese ‘hacer como el Ángel le había mandado’—se convierte en el cauce por donde fluye la salvación. José, al acoger el misterio que superaba su comprensión, nos enseña que la fe no es certeza intelectual, sino entrega confiada a un designio mayor que nuestros planes. En la cultura de Japón, donde el valor del ‘ma’ (間)—ese espacio silencioso entre las cosas—y la discreción son virtudes apreciadas, la figura de José resuena profundamente: como el artesano que trabaja en lo oculto para crear belleza, o el samurái que actúa por deber más que por reconocimiento, José muestra que la humildad es la base de toda obra divina. Su ‘sí’ callado, dado en la noche del sueño, cambió el curso de la historia, recordándonos que en nuestros propios ‘síes’ cotidianos—en la paciencia, el servicio y la aceptación—Dios construye su reino. Imitemos a José: escuchemos en el silencio de la oración, confiemos cuando no entendemos, y permitamos que Dios use nuestra sencillez para manifestar su gloria.

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