Published On: 22 de marzo de 20261017 words5,1 min read

Evangelio

Había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su hermana Marta. María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera; su hermano Lázaro estaba enfermo. Por eso, las hermanas mandaron a decirle: «Señor, mira, el que tú amas está enfermo». Al oírlo, Jesús dijo: «Esta enfermedad no es para muerte, sino para gloria de Dios, para que por ella sea glorificado el Hijo de Dios». Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando oyó que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en el lugar donde estaba. Después de esto dijo a sus discípulos: «Volvamos de nuevo a Judea». Los discípulos le dijeron: «Rabbí, hace poco los judíos intentaban apedrearte, ¿y vas a volver allá?». Jesús respondió: «¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de noche, tropieza, porque la luz no está en él». Dijo esto y después añadió: «Nuestro amigo Lázaro se ha dormido; voy a despertarlo». Le dijeron entonces sus discípulos: «Señor, si duerme, se curará». Pero Jesús se refería a su muerte, mientras ellos creyeron que hablaba del sueño del descanso. Entonces Jesús les dijo abiertamente: «Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que creáis. Pero vayamos a él». Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los demás discípulos: «Vayamos también nosotros para morir con él».

Cuando llegó Jesús, encontró que Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Betania estaba cerca de Jerusalén, como a quince estadios, y muchos judíos habían venido a casa de Marta y de María para consolarlas por la muerte de su hermano. En cuanto oyó Marta que Jesús llegaba, salió a su encuentro, mientras María se quedó sentada en casa. Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto; pero aun ahora sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá». Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará». Marta le respondió: «Sé que resucitará en la resurrección, en el último día». Jesús le dijo: «Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá jamás. ¿Crees esto?». Ella le dijo: «Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que viene al mundo».

Dicho esto, fue a llamar a su hermana María y le dijo en secreto: «El Maestro está ahí y te llama». Ella, en cuanto lo oyó, se levantó aprisa y fue hacia él. Jesús todavía no había entrado en el pueblo, sino que permanecía en el lugar donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con María en la casa consolándola, al verla levantarse de prisa y salir, la siguieron, pensando: «Va al sepulcro a llorar allí». Cuando María llegó donde estaba Jesús y lo vio, cayó a sus pies y le dijo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto». Jesús, al verla llorar a ella y a los judíos que habían venido con ella, se estremeció en su espíritu y se conmovió, y dijo: «¿Dónde lo habéis puesto?». Le contestaron: «Señor, ven y lo verás». Y Jesús lloró. Entonces los judíos decían: «¡Mirad cómo lo amaba!». Pero algunos de ellos dijeron: «¿No podía éste, que abrió los ojos al ciego de nacimiento, haber hecho que éste no muriera?».

Jesús, de nuevo estremeciéndose en su interior, llegó al sepulcro. Era una cueva y tenía puesta una piedra encima. Dice Jesús: «Quitad la piedra». Marta, la hermana del difunto, le dijo: «Señor, ya huele mal; lleva cuatro días». Le dice Jesús: «¿No te dije que, si crees, verás la gloria de Dios?». Quitaron, pues, la piedra. Entonces Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo sabía que siempre me escuchas; pero lo he dicho por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado». Dicho esto, gritó con voz fuerte: «¡Lázaro, sal fuera!». Y salió el que había muerto, atado de pies y manos con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar».

Muchos de los judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho, creyeron en él;

Reflexión

En este Quinto Domingo de Cuaresma, contemplamos el profundo misterio de la resurrección de Lázaro, donde Jesús revela su divinidad diciendo: «Yo soy la Resurrección y la Vida». Este pasaje nos invita a reflexionar sobre cómo, en medio del sufrimiento y la muerte aparente, Dios obra para su gloria, transformando el dolor en esperanza. Jesús, al llorar con María y Marta, muestra su compasión humana, recordándonos que Él camina con nosotros en nuestras penas más oscuras, ofreciendo consuelo y prometiendo vida eterna. En la cultura de Japón, donde la contemplación de la impermanencia y el respeto por los ancestros son valores profundos, este Evangelio resuena especialmente, invitando a ver en la muerte no un final, sino un paso hacia la plenitud en Cristo. Como Lázaro, somos llamados a salir de nuestras tumbas de pecado y desesperanza, confiando en que Jesús, la Luz del mundo, ilumina nuestro camino hacia la resurrección. Hoy, dejemos que esta verdad transforme nuestro corazón, viviendo con fe que supera toda oscuridad.

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