Evangelio
De nuevo les dijo Jesús: «Yo me voy, y me buscaréis. Y moriréis en vuestro pecado. Adonde yo voy, vosotros no podéis venir». Por eso decían los judíos: «¿Acaso va a suicidarse, puesto que dice: “Adonde yo voy, vosotros no podéis venir”?». Y él les decía: «Vosotros sois de abajo; yo soy de arriba. Vosotros sois de este mundo; yo no soy de este mundo. Por eso os he dicho que moriréis en vuestros pecados. Porque si no creéis que Yo Soy, moriréis en vuestro pecado». Entonces le decían: «¿Tú quién eres?». Jesús les dijo: «El Principio, el mismo que os estoy hablando. Tengo mucho que decir y juzgar acerca de vosotros. Pero el que me ha enviado es veraz; y lo que yo he oído de él, esto hablo en el mundo». Y no comprendieron que les hablaba de Dios, su Padre. Y así Jesús les dijo: «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces comprenderéis que Yo Soy, y que no hago nada por mí mismo, sino que hablo tal como el Padre me ha enseñado. Y el que me ha enviado está conmigo, y no me ha dejado solo. Porque yo hago siempre lo que le agrada». Al decir él estas cosas, muchos creyeron en él.
Reflexión
En este pasaje del Evangelio, Jesús revela con profunda claridad su íntima unión con el Padre celestial, un misterio que desconcertaba a quienes escuchaban sus palabras. No se trata simplemente de una relación humana, sino de una comunión divina que trasciende nuestro entendimiento limitado, donde Jesús actúa y habla únicamente según la voluntad del Padre, mostrando una obediencia perfecta que es modelo para nuestra propia vida espiritual. Esta revelación nos invita a reflexionar sobre nuestra propia conexión con lo divino, especialmente en un contexto como el de Japón, donde la búsqueda de armonía y trascendencia se manifiesta en tradiciones como el shintoísmo y el budismo, pero que en la fe católica encuentra su plenitud en la relación filial con Dios Padre. En nuestra vida diaria, podemos imitar esta intimidad divina cultivando la oración constante y la escucha atenta de la voluntad de Dios, reconociendo que, como Jesús, estamos llamados a no actuar por nosotros mismos, sino en comunión con Aquel que nos envió. Al hacerlo, descubrimos nuestra verdadera identidad y destino, superando el pecado que nos separa de la gloria eterna.





