Evangelio
En el sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Entrando, le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo. Bendita tú entre las mujeres.” Ella, al oírlo, se turbó y se preguntaba qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: “No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios. Mira, concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin.” María dijo al ángel: “¿Cómo será eso, pues no conozco varón?” El ángel le respondió: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios. Mira, también tu parienta Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y ya está en su sexto mes la que era llamada estéril, porque para Dios nada hay imposible.” Dijo María: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.” Y el ángel se alejó de ella.
Reflexión
Hoy, al celebrar la Anunciación, nos adentramos en el misterio donde el cielo toca la tierra. María, turbada pero abierta, escucha el saludo del ángel Gabriel, un mensaje que transforma no solo su existencia, sino la historia de la salvación. Su pregunta ‘¿Cómo será eso?’ revela una fe que busca comprender, no duda, y en su respuesta final, ‘Hágase en mí’, entrega su voluntad plenamente a Dios, mostrando que la verdadera alegría nace de la obediencia amorosa. Este acto de fe nos enseña que, como en la cultura de Japón, donde la armonía y el respeto por lo sagrado en lo cotidiano—como en la ceremonia del té o la contemplación de los cerezos—invitan a una presencia atenta, nosotros estamos llamados a acoger a Dios en lo ordinario de nuestras vidas, en cada decisión y encuentro. En un mundo a menudo ruidoso y distraído, imitemos a María diciendo ‘sí’ a la voluntad divina, permitiendo que Cristo se encarne en nuestros actos y palabras, transformando nuestra realidad con su gracia. Que este día nos inspire a vivir con esa misma disponibilidad, confiando en que para Dios nada es imposible.





