Published On: 28 de marzo de 2026483 words2,4 min read

Evangelio

Muchos de los judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho, creyeron en él; pero algunos de ellos fueron donde los fariseos y les contaron lo que Jesús había hecho. Entonces los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron el sanedrín y decían: «¿Qué hacemos? Porque este hombre realiza muchos signos. Si lo dejamos así, todos creerán en él, y vendrán los romanos y destruirán nuestro Lugar santo y nuestra nación». Uno de ellos, Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo: «Vosotros no entendéis nada, ni consideráis que os conviene que muera uno solo por el pueblo y no perezca toda la nación». Esto no lo dijo por propia iniciativa, sino que, como era sumo sacerdote aquel año, profetizó que Jesús iba a morir por la nación, y no sólo por la nación, sino también para reunir en uno a los hijos de Dios dispersos. Desde aquel día decidieron darle muerte.

Por eso Jesús ya no andaba públicamente entre los judíos, sino que se retiró a la región cercana al desierto, a una ciudad llamada Efraín, y se quedó allí con sus discípulos. Se acercaba la Pascua de los judíos, y muchos subieron del campo a Jerusalén antes de la Pascua para purificarse. Buscaban a Jesús y, estando en el templo, se decían unos a otros: «¿Qué os parece? ¿Vendrá a la fiesta?». Los sumos sacerdotes y los fariseos habían dado órdenes de que, si alguno sabía dónde estaba, lo denunciara para poder prenderlo.

Reflexión

En este Sábado de la Quinta Semana de Cuaresma, el Evangelio nos sitúa ante la tensión dramática que precede a la Pasión, donde la decisión de Caifás —’conviene que muera uno solo por el pueblo’— revela una verdad profética que trasciende su intención política: Jesús se ofrece como víctima propiciatoria para la salvación universal, no solo de Israel, sino de toda la humanidad, incluyéndonos a nosotros dos mil años después. Esta verdad se hace especialmente palpable en la cultura de Japón, donde la noción de sacrificio por el bien común, reflejada en valores como el ‘giri’ (deber) y la armonía colectiva, encuentra su plenitud en Cristo, quien murió para reunir a los hijos de Dios dispersos, ofreciendo una unidad que supera toda división cultural o histórica. Como católicos, estamos llamados a acoger esta gracia durante la Semana Santa, viviendo los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección no como meros recuerdos, sino como realidades presentes que transforman nuestro corazón y nos unen en un solo pueblo redimido.

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