Published On: 30 de marzo de 2026496 words2,5 min read

Evangelio

Seis días antes de la Pascua, Jesús fue a Betania, donde había muerto Lázaro, a quien Jesús había resucitado. Allí le prepararon una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban a la mesa con él. Entonces María tomó doce onzas de ungüento de nardo puro, muy precioso, ungió los pies de Jesús y los secó con su cabellera; y la casa se llenó con la fragancia del ungüento. Pero uno de sus discípulos, Judas Iscariote, el que iba a entregarlo, dijo: “¿Por qué no se vendió este ungüento por trescientos denarios y se dio a los necesitados?”. Esto lo dijo no porque se preocupara por los necesitados, sino porque era ladrón y, como tenía la bolsa, se llevaba lo que echaban en ella. Jesús dijo: “Déjala; que lo guarde para el día de mi sepultura. Porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros; pero a mí no me tenéis siempre”. Una gran multitud de judíos se enteró de que estaba allí y acudió, no sólo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Entonces los sumos sacerdotes resolvieron matar también a Lázaro, porque a causa de él muchos judíos se apartaban y creían en Jesús.

Reflexión

En este Lunes Santo, el Evangelio nos invita a contemplar el gesto profético de María de Betania, quien con amor desbordante unge los pies de Jesús con un perfume costoso, anticipando así su sepultura. Este acto de adoración, que llena la casa con su fragancia, nos revela cómo el amor auténtico no calcula ni mide, sino que se entrega por completo, transformando lo material en signo de entrega espiritual. En contraste, la mirada de Judas, oscurecida por la avaricia y el pecado, no puede comprender este lenguaje del corazón y reduce el gesto sagrado a un cálculo económico. Esta escena nos prepara para los misterios de la Pasión, recordándonos que solo un corazón purificado puede penetrar en el significado profundo del sacrificio de Cristo. En la cultura de Japón, donde la atención al detalle y la belleza efímera del ‘mono no aware’ (la sensibilidad hacia lo transitorio) son valores profundos, podemos ver un paralelo: así como el arte del ikebana transforma flores perecederas en expresión de armonía eterna, María transforma un ungüento perecedero en memorial eterno del amor divino. Pidamos hoy a Dios un corazón limpio, libre de la ceguera del pecado, para que podamos acoger con fe y devoción los sagrados misterios que celebramos, y así, en nuestra vida diaria, cada gesto de amor hacia los demás sea un perfume que anticipe la presencia de Cristo resucitado en medio de nosotros.

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