Published On: 1 de abril de 2026423 words2,1 min read

Evangelio

Entonces uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les dijo: «¿Qué me queréis dar y yo os lo entregaré?». Ellos le ofrecieron treinta monedas de plata. Y desde entonces buscaba una ocasión para entregarlo. El primer día de los Ázimos se acercaron los discípulos a Jesús y le dijeron: «¿Dónde quieres que te preparemos para comer la Pascua?». Él dijo: «Id a la ciudad, a casa de tal hombre, y decidle: “El Maestro dice: Mi tiempo está cerca; en tu casa celebro la Pascua con mis discípulos”». Los discípulos hicieron como Jesús les había mandado y prepararon la Pascua. Llegada la tarde, se puso a la mesa con los Doce. Y mientras comían, dijo: «En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar». Ellos, muy entristecidos, comenzaron a decirle uno por uno: «¿Acaso soy yo, Señor?». Él respondió: «El que ha mojado conmigo la mano en el plato, ése me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él; pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado! Más le valdría a ese hombre no haber nacido». Tomando la palabra Judas, el que lo iba a entregar, dijo: «¿Acaso soy yo, Maestro?». Le dice: «Tú lo has dicho».

Reflexión

Hoy, Miércoles Santo, el Evangelio nos confronta con la dolorosa realidad de la traición de Judas, uno de los Doce elegidos por Jesús, quien tuvo la Gracia única de caminar junto al Salvador y escuchar sus palabras directamente. Esta escena nos invita a una profunda reflexión sobre la fragilidad humana y la capacidad de alejarnos de Dios incluso cuando estamos cerca de Él, permitiendo que intereses mundanos, como las treinta monedas de plata, oscurezcan nuestro amor. En Japón, donde la cultura valora la lealtad y el honor en relaciones como el bushido, podemos entender cómo la traición rompe la armonía y la confianza, pero también cómo el perdón, reflejado en tradiciones como el kintsugi que repara lo roto, nos enseña que Dios no nos abandona en nuestras caídas. Reconocer que, como Judas, podemos traicionar a Cristo en pequeñas o grandes formas—con egoísmo, indiferencia o pecado—nos humilla y nos llama a pedir su Gracia para permanecer unidos a Él, especialmente en esta Semana Santa, renovando nuestro compromiso de fidelidad en la oración y los sacramentos.

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