Published On: 2 de abril de 2026542 words2,7 min read

Evangelio

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Y durante la cena, como el diablo ya había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, que lo entregara, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levantó de la mesa, se quitó los vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echó agua en una jofaina y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido.

Llegó, pues, a Simón Pedro, y este le dijo: «Señor, ¿tú me vas a lavar los pies?» Respondió Jesús y le dijo: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora; lo comprenderás después». Le dijo Pedro: «¡Jamás me lavarás los pies!» Jesús le respondió: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo». Le dijo Simón Pedro: «Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza». Jesús le dijo: «El que se ha bañado no necesita sino lavarse los pies, y está del todo limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos». Porque sabía quién lo iba a entregar; por eso dijo: «No todos estáis limpios».

Cuando les hubo lavado los pies, tomó sus vestidos y, volviendo a la mesa, les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que, como yo he hecho con vosotros, así hagáis también vosotros.

Reflexión

En este Jueves Santo, contemplamos el gesto más íntimo y revolucionario de Jesús: el Maestro que se arrodilla para lavar los pies de sus discípulos. Este acto no es solo un símbolo, sino la revelación misma de Dios como amor servicial que se vacía de su gloria para tocar nuestra humanidad más frágil. Jesús, consciente de su próxima entrega total, nos muestra que el verdadero poder reside en la humildad y el servicio desinteresado. En la cultura de Japón, donde la armonía social y el respeto por los demás son valores fundamentales, encontramos un eco profundo de este mensaje evangélico. La ceremonia del té, por ejemplo, no es solo un ritual estético, sino un acto de hospitalidad y atención al otro donde cada gesto está cargado de significado y cuidado. Así, el servicio cristiano debe impregnar nuestra vida diaria, transformando cada encuentro en una oportunidad para amar como Cristo amó. Pidamos al Señor un corazón servidor que, más allá de las apariencias, sepa reconocer y responder a las necesidades de quienes nos rodean, construyendo así el Reino de Dios aquí y ahora.

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