Evangelio
Había entre los fariseos un hombre llamado Nicodemo, jefe de los judíos. Fue de noche a Jesús y le dijo: «Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios como maestro, porque nadie puede realizar los signos que tú realizas si Dios no está con él». Jesús le respondió: «En verdad, en verdad te digo: si uno no nace de nuevo, no puede ver el Reino de Dios». Nicodemo le dijo: «¿Cómo puede nacer un hombre siendo ya viejo? ¿Acaso puede entrar de nuevo en el seno de su madre y nacer?». Jesús respondió: «En verdad, en verdad te digo: si uno no nace del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, y lo que nace del Espíritu es espíritu. No te asombres de que te haya dicho: Tenéis que nacer de nuevo. El Espíritu sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así sucede con todo el que ha nacido del Espíritu».
Reflexión
En la noche de Nicodemo, Jesús revela el misterio más profundo de nuestra fe: el nuevo nacimiento en el Espíritu. No se trata de un retorno físico, sino de una transformación radical del alma que nos sumerge en la vida divina. Como en el Bautismo, donde pedimos la vida eterna para el niño, cada cristiano está llamado a morir al pecado y resucitar con Cristo, recibiendo su misma vida. En Japón, donde la cultura valora profundamente la renovación y el renacer, visible en el hanami que celebra la efímera belleza del cerezo, comprendemos que nuestra vida espiritual necesita constante florecimiento. El Espíritu, como el viento que mueve los cerezos, actúa libremente en nosotros, invitándonos a abandonar la vieja carne para vivir según el espíritu. Hoy, en nuestro caminar diario, dejémonos transformar por este soplo divino, buscando en cada sacramento y oración ese renacer que nos hace partícipes de la resurrección de Cristo y ciudadanos del Reino.





