Evangelio
Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no es juzgado; pero el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo unigénito de Dios. Y este es el juicio: que la Luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Todo el que obra mal odia la Luz y no va hacia la Luz, para que sus obras no sean corregidas. Pero el que obra conforme a la verdad va hacia la Luz, para que se manifieste que sus obras están hechas en Dios.
Reflexión
En este tiempo pascual, el Evangelio nos invita a contemplar el misterio trinitario que se revela como un amor infinito: el Padre, movido por su amor creador, envía al Hijo para que, a través del Espíritu Santo que todo lo baña, tengamos vida eterna. Esta verdad no es abstracta, sino que se encarna en nuestra existencia diaria, llamándonos a salir de las tinieblas del egoísmo y el pecado para acoger la Luz de Cristo que ilumina y sana. En Japón, donde la armonía y la búsqueda de la belleza en lo sencillo son valores profundos, podemos ver cómo esta Luz divina se manifiesta en la paciencia del sakura que florece tras el invierno, simbolizando la resurrección que vence la muerte. Nuestra tarea es examinar con valentía nuestras obras, acercándonos a la verdad con humildad, para que, en cada elección, reflejemos ese amor salvífico que nos ofrece la vida plena en Dios. Acojamos esta gracia y caminemos hacia la Luz, transformando nuestra realidad con fe.



