Published On: 19 de abril de 2026710 words3,6 min read

Evangelio

Y he aquí que, aquel mismo día, dos de ellos iban a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios, y conversaban entre sí sobre todo lo acontecido. Y sucedió que, mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y caminaba con ellos; pero sus ojos estaban retenidos para que no lo reconocieran. Él les dijo: “¿Qué son esas palabras que vais comentando entre vosotros mientras camináis?” Ellos se detuvieron, con aire triste. Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: “¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado allí estos días?” Él les dijo: “¿Qué?” Ellos le dijeron: “Lo de Jesús de Nazaret, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; y cómo nuestros sumos sacerdotes y jefes lo entregaron para ser condenado a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él sería el Redentor de Israel; pero, con todo, ya es el tercer día desde que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado: fueron de madrugada al sepulcro y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una visión de ángeles que afirman que él vive. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a él no lo vieron.” Entonces él les dijo: “¡Oh necios y tardos de corazón para creer todo lo que anunciaron los Profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?” Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los Profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él.

Al acercarse a la aldea adonde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero le insistieron diciendo: “Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya declina.” Entró, pues, para quedarse con ellos. Y sucedió que, estando a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron; pero él desapareció de su vista. Y se dijeron uno a otro: “¿No ardía nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos abría las Escrituras?” Y, levantándose en esa misma hora, regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: “Es verdad, el Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón.” Ellos contaron lo que había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Reflexión

Queridos hermanos, en este Tercer Domingo de Pascua, el Evangelio nos presenta ese íntimo y conmovedor encuentro en el camino a Emaús, donde la tristeza y la decepción nublaban la visión de los discípulos. Jesús, el Resucitado, se acerca silenciosamente y camina con ellos, escuchando sus dudas y abriendo sus corazones a la comprensión de las Escrituras. Este pasaje nos revela profundamente cómo el Señor se hace presente en nuestra propia peregrinación, especialmente cuando el desaliento parece apoderarse de nuestro ánimo. La clave del reconocimiento no fue un milagro espectacular, sino el gesto familiar y sagrado de partir el pan, el mismo gesto de la Última Cena que se renueva en cada Eucaristía. Así como aquellos discípulos, nosotros estamos invitados a descubrir que Cristo resucitado camina a nuestro lado en los senderos cotidianos, iluminando nuestras oscuridades con su Palabra. En la cultura de Japón, donde la armonía y la atención al detalle en ceremonias como la del té reflejan una profunda reverencia por el momento presente, podemos encontrar un eco de esta disposición interior necesaria para acoger al Señor. La Eucaristía dominical, celebrada con fe y recogimiento, es ese espacio sagrado donde nuestros ojos espirituales se abren para reconocerlo. Pidamos, pues, la gracia de acercarnos a la Mesa del Señor con corazones ardientes, dispuestos a encontrarlo y a llevar esa luz a los demás.

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