Published On: 21 de abril de 2026293 words1,5 min read

Evangelio

Entonces le dijeron: “¿Y qué signo haces, para que lo veamos y creamos en ti? ¿Qué obras realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: ‘Les dio pan del cielo para comer.’” Jesús les respondió: “En verdad, en verdad les digo: no les dio Moisés el pan del cielo; es mi Padre quien les da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que desciende del cielo y da la vida al mundo.” Ellos le dijeron: “Señor, danos siempre de ese pan.” Jesús les dijo: “Yo soy el pan de la vida; el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed.

Reflexión

Hoy el Evangelio nos invita a contemplar cómo Jesús revela progresivamente su identidad como alimento divino. Ante la petición de signos, Él no ofrece milagros espectaculares sino algo más profundo: se presenta como el verdadero pan del cielo que da vida al mundo. Esta revelación toca la fibra más íntima del ser humano, ese anhelo de plenitud que todos llevamos dentro. En la cultura japonesa, donde la ceremonia del té o la contemplación de un jardín zen expresan una búsqueda de armonía interior, Jesús se ofrece como la respuesta definitiva a esa sed de trascendencia. Él no es un alimento temporal como el maná, sino la presencia permanente de Dios que nutre nuestro espíritu. Por eso, imitando a aquellos que le pidieron ‘danos siempre de ese pan’, acerquémonos hoy a la Eucaristía con fe renovada, reconociendo en cada comunión el encuentro vivo con Cristo que transforma nuestra existencia desde su raíz más profunda.

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