Evangelio
Como el Padre me amó, así los he amado yo; permanezcan en mi amor. Si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes, y su alegría llegue a plenitud. Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que les mando. Ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a ustedes los he llamado amigos, porque todo lo que oí de mi Padre se lo he dado a conocer. No me eligieron ustedes a mí; fui yo quien los eligió a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y su fruto permanezca, de modo que todo cuanto pidan al Padre en mi Nombre, él se lo conceda. Esto les mando: que se amen unos a otros.
Reflexión
Jesús nos llama amigos, una intimidad que transforma nuestra relación con Dios. No es una amistad condicionada, sino gratuita: Él nos elige primero. Sin embargo, nos pide guardar sus mandamientos, que no son cargas sino caminos de plenitud. En Japón, donde las relaciones suelen estar marcadas por el deber (giri) y la jerarquía, esta amistad divina ofrece un contrapunto: el amor gratuito que no exige retorno. La cultura japonesa valora la lealtad y el sacrificio, pero a menudo falta la experiencia de ser amado sin condiciones. San Matías, elegido para completar el grupo de los Doce, nos recuerda que somos escogidos no por méritos, sino por amor. Este amor nos impulsa a dar fruto: amar al prójimo como Él nos amó, hasta dar la vida. En el trabajo, la familia o la comunidad, podemos ser instrumentos de esa amistad que transforma. El desafío es amar a quienes nos cuesta, viendo en ellos a los amigos de Jesús. Así, nuestra alegría será plena, reflejo de la suya.




