Evangelio
No ruego sólo por éstos, sino también por los que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean consumados en la unidad, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí. Padre, quiero que donde yo estoy estén también conmigo los que me has dado, para que contemplen mi gloria, la que me has dado, porque me amaste antes de la fundación del mundo. Padre justo, el mundo no te ha conocido; yo, en cambio, te he conocido, y éstos han conocido que tú me enviaste. Yo les he dado a conocer tu nombre y se lo daré a conocer, para que el amor con que me amaste esté en ellos y yo en ellos.
Reflexión
Jesús ora por la unidad de sus discípulos y de todos los que creerán en Él. No se trata de una unidad superficial, como la que surge de ideologías o pasatiempos, sino de una comunión profunda en el amor divino. Esta unidad es reflejo de la Trinidad, donde el Padre y el Hijo son uno en el Espíritu Santo. En un mundo fragmentado, la Iglesia está llamada a ser signo de esa unidad que atrae a las almas. En Japón, donde la armonía social (wa) es tan valorada, esta enseñanza resuena especialmente. Sin embargo, la unidad en Cristo trasciende la simple cortesía o el consenso cultural; exige el amor sacrificial que llevó a los mártires como san Cristóbal Magallanes a dar su vida. La unidad cristiana no es uniformidad, sino integración de diversidades en el amor de Dios. Hoy, podemos preguntarnos: ¿nuestras relaciones están cimentadas en el amor de Cristo o en intereses pasajeros? Que la Eucaristía, sacramento de unidad, nos impulse a ser constructores de paz, perdonando y sirviendo, para que el mundo crea que el Padre nos ha enviado.

