Evangelio
Le enviaron entonces algunos fariseos y herodianos para sorprenderlo con una pregunta. Llegaron y le dijeron: “Maestro, sabemos que eres veraz y que no te dejas influir por nadie, porque no miras la condición de las personas, sino que enseñas el camino de Dios con verdad. ¿Es lícito pagar el tributo al César o no? ¿Pagamos o no pagamos?”. Pero él, conociendo su hipocresía, les dijo: “¿Por qué me tentáis? Traedme un denario para que lo vea”. Se lo llevaron, y él les preguntó: “¿De quién es esta imagen y la inscripción?”. Ellos le contestaron: “Del César”. Jesús les dijo: “Lo del César, devolvédselo al César; y lo de Dios, a Dios”. Y se maravillaban de él.
Reflexión
Jesús conoce la hipocresía de fariseos y herodianos que intentan tenderle una trampa con el tributo. Su respuesta trasciende el dilema: al preguntar de quién es la imagen en la moneda, nos recuerda que todo lo terreno lleva una marca de autoridad humana, pero el hombre es imagen de Dios. Así, cumplir los deberes cívicos no se opone a la lealtad divina; al contrario, cada acción mundana puede ser ofrenda. En nuestra rutina, este Evangelio nos invita a integrar fe y vida, reconociendo que todo es gracia: el trabajo, la familia, la política son lugares para santificar. Los mártires Marcelino y Pedro testimonian que la fidelidad a Cristo no anula las obligaciones terrenas, sino que las eleva.
En Japón, la cultura valora el deber (giri) y la armonía social. Los católicos japoneses, como los mártires de Nagasaki, han sabido armonizar fe e identidad nacional. Este pasaje les recuerda que su participación en la sociedad, su trabajo y su testimonio son modos de devolver a Dios lo que es suyo, santificando el mundo desde dentro.
Señor, ayúdame a trabajar con justicia por el bien común, reconociendo que todo don viene de Ti. Que cada tarea, cada relación, cada responsabilidad sea una ofrenda que te devuelva gloria, acercando las realidades terrenas a tu Reino.



