Evangelio
En aquel tiempo tomó la palabra Jesús y dijo: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios y prudentes y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es suave y mi carga ligera.»
Reflexión
Jesús, al revelar el misterio del Padre a los pequeños, nos invita a abandonar la arrogancia del saber humano. En un mundo que exalta la competencia y el éxito, su corazón manso es un oasis de paz. En Japón, donde la presión social y la búsqueda de perfección agobian a muchos, este mensaje resuena con fuerza: no necesitamos ser sabios según el mundo, sino humildes para recibir la sabiduría divina. El yugo de Cristo no es opresión, sino alivio: cargar con él es aprender a confiar, a soltar el control. ¿Cuántas veces, en mi afán de ser ‘sabio’, me alejo de la sencillez que abre al amor? Hoy, al contemplar el Sagrado Corazón, pido la gracia de ser pequeño como un niño, para que Él me revele la verdadera vida. Que en mi diario caminar, especialmente en las relaciones laborales y familiares, pueda imitar su mansedumbre, llevando las cargas con suavidad. Así, hallaré descanso para mi alma y seré testigo de su amor en la cultura japonesa, donde el silencio y la discreción pueden ser puerta para la fe.



