Evangelio
Y al ir, proclamen: “El Reino de los cielos se ha acercado”. Curen enfermos, resuciten muertos, limpien leprosos, expulsen demonios. Gratis lo recibieron; denlo gratis. No lleven oro, ni plata ni cobre en sus cinturones; ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón; porque el obrero merece su sustento. En la ciudad o aldea donde entren, averigüen quién hay en ella que sea digno y quédense allí hasta que se vayan. Al entrar en la casa, salúdenla diciendo: “Paz a esta casa”. Y si la casa es digna, su paz reposará sobre ella; pero si no lo es, su paz volverá a ustedes.
Reflexión
Al enviar a los apóstoles, Jesús les ordena: ‘Gratis lo recibieron; denlo gratis’ (Mt 10,8). Esta frase nos recuerda que nada tenemos que no sea don de Dios. La vida, la fe, la salud, el amor: todo es gracia. Reconocerlo nos llena de humildad y gratitud. Pero no basta con recibir; estamos llamados a compartir. Al dar gratis, los dones se multiplican, porque el Reino crece cuando nos desprendemos del egoísmo. En Japón, donde los regalos suelen implicar reciprocidad, esta enseñanza nos desafía a dar sin esperar nada a cambio. La cultura japonesa valora la pureza de intención; San Bernabé, ‘hijo de consolación’, nos inspira a ser instrumentos de la providencia divina. Hoy, te invito a identificar un don concreto –una habilidad, un tiempo, una palabra– y ofrecerlo generosamente. Que tu acción gratuita manifieste el Reino de los cielos en tu entorno.




