Evangelio
Y al ver a las multitudes, se compadeció de ellas, porque estaban angustiadas y postradas, como ovejas sin pastor. Entonces dijo a sus discípulos: «La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies que envíe obreros a su mies». Llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad sobre los espíritus inmundos para expulsarlos y para curar toda enfermedad y toda dolencia. Los nombres de los doce apóstoles son estos: primero, Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano; Santiago, hijo de Zebedeo, y Juan su hermano; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón el Cananeo y Judas Iscariote, el que también lo entregó. A estos doce los envió Jesús, dándoles estas instrucciones: «No tomen camino de gentiles ni entren en ciudad de samaritanos; vayan más bien a las ovejas descarriadas de la casa de Israel. Y al ir, proclamen: “El Reino de los cielos se ha acercado”. Curen enfermos, resuciten muertos, limpien leprosos, expulsen demonios. Gratis lo recibieron; denlo gratis.»
Reflexión
Jesús ve a las multitudes y su corazón se conmueve. No son meros espectadores, sino almas heridas, sin rumbo, como ovejas sin pastor. Esta escena nos revela la entraña misericordiosa de Dios: no nos abandona en nuestra desorientación. Por eso llama a los Doce, los instituye como apóstoles —enviados— y les da su misma autoridad para sanar, liberar y anunciar que el Reino de los cielos se ha acercado. El Reino no es un lugar lejano, sino la persona viva de Jesucristo que actúa en ellos. Ellos son instrumentos de su compasión.
En Japón, tierra de antiguas tradiciones pero también de profunda soledad existencial, muchos buscan respuestas en filosofías o en el éxito. Sin embargo, el vacío interior persiste. La compasión de Jesús llega también a estas costas: nos llama a ser obreros de su mies, a llevar su paz a quienes viven angustiados por el sin sentido. La cultura nipona valora la discreción y el servicio; el cristiano puede encarnar esa entrega gratuita, sanando heridas ocultas con la ternura del Evangelio.
Hoy, ¿responderé al llamado? Puedo comenzar orando por las vocaciones y ofreciendo una sonrisa o una escucha atenta a quien sufre. Gratis lo recibí, gratis lo doy.


