Published On: 26 de junio de 2026650 words3,3 min read

Evangelio

Al entrar en Cafarnaúm, se le acercó un centurión rogándole: “Señor, mi criado está en casa postrado, paralítico, y sufre terriblemente”. Jesús le dijo: “Iré a curarlo”. Pero el centurión respondió: “Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano. Porque también yo, aunque estoy bajo autoridad, tengo soldados a mis órdenes; y digo a uno: ‘Ve’, y va; y a otro: ‘Ven’, y viene; y a mi siervo: ‘Haz esto’, y lo hace”. Al oírlo, Jesús se admiró y dijo a los que lo seguían: “En verdad les digo que en Israel no he encontrado una fe tan grande. Y les digo que vendrán muchos de oriente y de occidente y se sentarán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el Reino de los cielos, mientras que los hijos del Reino serán arrojados a las tinieblas exteriores; allí será el llanto y el rechinar de dientes”. Y Jesús dijo al centurión: “Vete; que se cumpla como creíste”. Y en aquella hora quedó sano el criado. Al llegar Jesús a la casa de Pedro, vio a la suegra de éste en cama con fiebre. Le tocó la mano y la fiebre la dejó; y ella se levantó y se puso a servirles. Al atardecer le llevaron muchos endemoniados; él expulsó a los espíritus con una palabra y curó a todos los que padecían, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías: “Él tomó nuestras enfermedades y cargó con nuestras dolencias”.

Reflexión

La escena del centurión romano frente a Jesús nos sorprende por su fe humilde. A pesar de su autoridad militar, se reconoce indigno de recibir al Señor en su casa. Esta actitud contrasta con la soberbia que a menudo nos envuelve. San Cirilo de Alejandría, doctor de la Iglesia, nos enseñó que la humildad es el camino para acoger la gracia divina. El centurión entiende que la autoridad de Jesús es absoluta; no necesita presencia física para sanar. Su fe reconoce el poder de la Palabra. En cada Eucaristía repetimos sus palabras: ‘Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.’ Esa frase nos recuerda que la comunión no es un premio a nuestros méritos, sino un regalo inmerecido del amor de Dios. Jesús se admira de esta fe en un extranjero, indicando que el Reino de Dios se abre a todos los que confían, incluso a los que están fuera del pueblo elegido. La sanación del siervo y luego de la suegra de Pedro muestran que Jesús carga con nuestras enfermedades. En Japón, donde la cortesía y el respeto por la autoridad son fundamentales, el gesto del centurión resuena profundamente. Los japoneses valoran la modestia y la conciencia de la propia posición. Sin embargo, la fe del centurión trasciende la mera cortesía: es una confianza radical en la palabra de Cristo. En la cultura japonesa, la palabra empeñada (約束) es sagrada; así, la fe en la palabra de Jesús se convierte en un ancla. Este evangelio invita a los católicos japoneses a una humildad que no es sumisión pasiva, sino apertura a la fuerza sanadora de Dios. Hoy, podemos imitar al centurión: reconocer nuestra indignidad ante Jesús, pero confiar plenamente en su poder sanador. Al recibir la Comunión, repitamos su frase con conciencia, dejando que la Palabra transforme nuestras dolencias. También, extender esa sanación a otros, sirviendo como la suegra de Pedro. En nuestra vida cotidiana, especialmente en Japón, seamos testigos de esta fe humilde y confiada.

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