Evangelio
El discípulo no está por encima del maestro, ni el siervo por encima de su señor. Le basta al discípulo ser como su maestro, y al siervo, como su señor. Si al dueño de casa lo han llamado «Belcebú», ¡cuánto más a los de su casa! No les tengan miedo, porque no hay nada encubierto que no llegue a descubrirse, ni oculto que no llegue a saberse. Lo que les digo en la oscuridad, díganlo a la luz; y lo que oyen al oído, proclámenlo desde las azoteas. No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; teman más bien al que puede destruir alma y cuerpo en la gehenna. ¿No se venden dos pajarillos por una moneda? Y, sin embargo, ni uno de ellos cae en tierra sin que lo permita su Padre. En cuanto a ustedes, hasta los cabellos de su cabeza están todos contados. Por eso, no teman: ustedes valen más que muchos pajarillos. A todo aquel que me confiese delante de los hombres, también yo lo confesaré delante de mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue delante de los hombres, también yo lo negaré delante de mi Padre que está en los cielos.
Reflexión
En el evangelio de este sábado, celebrando a San Benito, Jesús nos llama a no temer. El discípulo no es superior al maestro; si a Él lo llamaron Belcebú, también a nosotros nos rechazarán. Pero Jesús nos asegura que cada cabello está contado por el Padre. No es un contrato: “si confiesas, ganas el cielo”. Es amor. Quien ama a Cristo desea confesarlo, movido por la gratitud. En Japón, donde la presión social y el honor son fuertes, confesar la fe puede costar caro. Los kakure kirishitan escondieron su fe durante siglos. Hoy, muchos católicos japoneses viven su fe en silencio, temiendo el rechazo. Pero Jesús nos dice: “No teman a los que matan el cuerpo”. El amor echa fuera el miedo. Confesar a Cristo no es una transacción, sino la respuesta natural de quien ha sido amado primero. En nuestro día a día, podemos confesarle con palabras y obras: perdonando, sirviendo, viviendo la verdad. Así, como dice San Benito, preferimos nada al amor de Cristo. Y ese amor nos asegura un lugar junto al Padre.





