Published On: 7 de marzo de 2026747 words3,7 min read

Evangelio

En aquel tiempo se acercaban a Jesús todos los publicanos y pecadores para escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: «Éste recibe a los pecadores y come con ellos». Entonces les dijo esta parábola: «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo al padre: “Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde”. Y él les repartió los bienes. Pocos días después, el hijo menor, juntándolo todo, se marchó a un país lejano y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo hubo gastado todo, sobrevino un gran hambre en aquella región y comenzó a pasar necesidad. Entonces fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquel país, que lo envió a sus campos a apacentar cerdos. Y deseaba llenarse el estómago con las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie se las daba. Entrando en sí mismo, dijo: “¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen pan en abundancia, y yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y ante ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros”. Y, levantándose, se fue a su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; corrió, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. El hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y ante ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Pero el padre dijo a sus siervos: “¡Daos prisa! Sacad la mejor túnica y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies. Traed el novillo cebado y matadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y ha sido hallado”. Y comenzaron la fiesta. Su hijo mayor estaba en el campo; al volver y cuando se acercaba a la casa, oyó música y danzas. Y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Éste le dijo: “Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque lo ha recobrado sano y salvo”. Entonces él se indignó y no quería entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Él respondió y dijo a su padre: “Hace tantos años que te sirvo, sin desobedecer jamás una orden tuya, y nunca me has dado ni un cabrito para tener una fiesta con mis amigos. Pero en cuanto ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tus bienes con prostitutas, has matado para él el novillo cebado”. Pero él le dijo: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y ha sido hallado”».

Reflexión

Hoy el Evangelio nos invita a contemplar la figura del hijo mayor, quien habiendo permanecido siempre junto al Padre, no logra comprender la profundidad de su misericordia y se deja arrastrar por la envidia y el juicio severo hacia su hermano. Esta parábola nos interpela directamente: ¿cuántas veces, quienes hemos crecido en la fe desde pequeños, nos comportamos como ese hijo mayor? Nos acostumbramos a los dones divinos, olvidando que la gracia recibida es un tesoro inmerecido que debe llenarnos de humilde gratitud, no de soberbia espiritual. En Japón, donde la armonía social y el respeto por el orden son valores fundamentales, podemos entender cómo la actitud del hijo mayor refleja esa rigidez que, aunque aparentemente virtuosa, puede endurecer el corazón y alejarnos del verdadero espíritu de compasión que caracteriza al cristianismo. La cultura japonesa valora la perseverancia y la lealtad, pero esta parábola nos recuerda que la fidelidad más auténtica no se mide por el cumplimiento externo, sino por la capacidad de alegrarnos con el regreso de quienes estaban perdidos. En nuestra vida diaria, especialmente durante esta Cuaresma, estamos llamados a examinar nuestro corazón y pedir al Señor que nos libere de esos pensamientos de superioridad que nos impiden reconocer que todos somos igualmente amados por el Padre. Practiquemos la misericordia, celebremos cada conversión como un triunfo del amor divino, y vivamos con la alegría de saber que, en la casa del Padre, siempre hay lugar para el banquete de la reconciliación.

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