Evangelio
Han oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo.” Pero yo les digo: amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian y oren por los que los persiguen y calumnian, para que sean hijos de su Padre que está en los cielos; porque él hace salir su sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos. Porque si aman a los que los aman, ¿qué recompensa tendrán? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? Y si saludan sólo a sus hermanos, ¿qué hacen de más? ¿No hacen eso mismo también los gentiles? Por tanto, sean perfectos como su Padre celestial es perfecto.
Reflexión
El evangelio de hoy nos desconcierta: Jesús lleva el amor al extremo de amar a los enemigos. No es un ideal romántico, sino una exigencia divina que Él mismo vivió en la cruz, perdonando a sus verdugos. Nosotros, tan propensos al rencor, necesitamos su gracia para imitarlo. ¿Por qué pide esto? Para que seamos hijos del Padre, que hace brillar el sol sobre buenos y malos. El amor de Dios no es selectivo; es universal. En nuestra vida diaria, esto se traduce en perdonar pequeñas ofensas, no devolver mal por mal, y bendecir a quienes nos critican. Es un amor que supera la justicia humana y se convierte en misericordia. En Japón, la armonía social (wa) es esencial, pero a menudo se limita a la cortesía externa. Jesús nos invita a ir más allá: no solo evitar el conflicto, sino buscar activamente el bien del enemigo. En una cultura donde el honor y la vergüenza son importantes, perdonar una afrenta puede ser contracultural. Sin embargo, el testimonio de mártires japoneses como san Pablo Miki muestra que el amor cristiano vence el odio y transforma corazones. Hoy, elige a una persona que te cueste amar. Ofrece una oración por ella o realiza un pequeño gesto de bondad. Así serás perfecto como tu Padre celestial es perfecto.





