Evangelio
Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me envió; y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en los Profetas: ‘Todos serán enseñados por Dios.’ Todo el que escucha al Padre y aprende de él viene a mí. No es que alguien haya visto al Padre, sino el que viene de Dios: ése ha visto al Padre. En verdad, en verdad les digo: el que cree en mí tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Sus padres comieron el maná en el desierto y murieron. Éste es el pan que baja del cielo, para que quien coma de él no muera. Yo soy el pan vivo que bajó del cielo; si alguno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.
Reflexión
Hoy, Jesús nos revela el misterio más íntimo de su amor: Él mismo es el Pan de Vida que desciende del cielo para alimentar nuestra alma. No se trata de un símbolo, sino de una realidad transformadora: su carne entregada por la vida del mundo. Esta verdad, que sorprendió a sus primeros oyentes, nosotros la comprendemos a través de la Tradición viva de la Iglesia como el don inefable de la Eucaristía. En cada Misa, Cristo se hace presente realmente bajo las especies del pan y el vino, invitándonos a una comunión íntima que nos une al Padre y nos garantiza la resurrección. En Japón, donde la estética del silencio y la atención al detalle en la ceremonia del té refleja una búsqueda de lo trascendente, la Eucaristía ofrece un encuentro aún más profundo: no solo contemplamos la belleza, sino que recibimos al Autor de la belleza en nuestro ser. Al acercarnos al altar con fe, permitimos que Dios nos atraiga, nos enseñe y nos transforme, haciendo de nuestra vida un testimonio de que solo en Cristo encontramos el alimento que nunca perece. Vivamos, pues, con gratitud este don, y llevemos su presencia a un mundo hambriento de sentido.





