Published On: 9 de marzo de 2026323 words1,6 min read

Evangelio

Y añadió: «En verdad les digo que ningún profeta es aceptado en su propia tierra. En verdad les digo: había muchas viudas en Israel en los días de Elías, cuando el cielo estuvo cerrado tres años y seis meses y hubo gran hambre en toda la región; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda en Sarepta de Sidón. Y había muchos leprosos en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado, sino Naamán el sirio». Al oír esto, todos en la sinagoga se llenaron de ira; se levantaron, lo echaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta la cima del monte sobre el que estaba edificada su ciudad, para despeñarlo. Pero él, pasando por en medio de ellos, se marchó.

Reflexión

Hoy Jesús nos confronta con una verdad incómoda: la familiaridad puede cegarnos. Sus paisanos, que lo conocían desde niño, endurecieron sus corazones ante su mensaje, incapaces de ver más allá del carpintero de Nazaret. Jesús les recuerda cómo Dios eligió bendecir a extranjeros -la viuda de Sarepta y Naamán el sirio- mientras su pueblo se cerraba a la gracia. En Japón, donde la armonía social y el respeto a las tradiciones son valores profundos, podemos caer en la misma trampa: creer que conocemos completamente a quienes nos rodean, o pensar que Dios actúa solo dentro de nuestros parámetros culturales o religiosos. La Cuaresma nos llama a examinar dónde hemos construido muros en nuestro corazón, dónde el ‘siempre se ha hecho así’ nos impide reconocer la acción sorpresiva de Dios. Que, como Santa Francisca Romana, abandonemos los prejuicios y abramos las puertas de nuestra alma a Cristo, quien pasa en medio de nuestras resistencias y nos invita a seguirlo por caminos nuevos.

Leave your comment

Related posts