Evangelio
Al oír estas palabras, algunos de la gente decían: «Éste es verdaderamente el Profeta». Otros decían: «Éste es el Cristo». Pero otros replicaban: «¿Acaso el Cristo viene de Galilea? ¿No dice la Escritura que el Cristo viene de la descendencia de David y de Belén, el pueblo de David?» Y se produjo una división entre la gente por su causa. Algunos de ellos querían arrestarlo, pero nadie le echó mano. Los guardias fueron donde los sumos sacerdotes y fariseos, y éstos les dijeron: «¿Por qué no lo habéis traído?» Los guardias respondieron: «Jamás habló nadie como ese hombre». Los fariseos les replicaron: «¿También vosotros os habéis dejado engañar? ¿Ha creído en él alguno de los jefes o de los fariseos? Pero esa gente que no conoce la Ley está maldita». Nicodemo, el que había ido antes a él de noche y que era uno de ellos, les dijo: «¿Acaso nuestra Ley juzga a un hombre sin haberlo oído primero y sin saber lo que hace?» Ellos le respondieron: «¿También tú eres de Galilea? Indaga y verás que de Galilea no surge ningún profeta». Y cada uno se volvió a su casa.
Reflexión
En este pasaje evangélico, contemplamos cómo la gente se divide ante la figura de Jesús: unos lo reconocen como profeta o Cristo, otros lo rechazan por prejuicios sobre su origen. Esta escena nos invita a reflexionar sobre cómo nosotros mismos nos situamos ante el Señor en nuestra vida diaria. La profundidad del mensaje radica en que Jesús, con su palabra y presencia, desafía nuestras categorías humanas y nos llama a una fe que trasciende las apariencias y los criterios mundanos. En el contexto cultural de Japón, donde la armonía social y el consenso son valores fundamentales, este evangelio resuena especialmente: nos recuerda que la verdad de Cristo, aunque a veces cause división o incomprensión, es precisamente lo que puede sanar las heridas más profundas del alma y construir una auténtica paz interior, más allá de las meras convenciones sociales. Como aquellos guardias que reconocieron la autoridad única de sus palabras, estamos llamados a abrir nuestro corazón a esa revelación transformadora que da sentido pleno a nuestra existencia, permitiendo que su amor infinito ilumine cada aspecto de nuestro ser y nuestras relaciones con los demás, en un camino de conversión constante durante esta Cuaresma.





