Published On: 10 de abril de 2026641 words3,2 min read

Evangelio

Después de esto, Jesús se manifestó de nuevo a los discípulos junto al mar de Tiberíades. Y se manifestó de esta manera: estaban juntos Simón Pedro y Tomás, llamado el Mellizo, y Natanael, de Caná de Galilea, y los hijos de Zebedeo, y otros dos de sus discípulos. Les dijo Simón Pedro: «Voy a pescar». Le respondieron: «También nosotros vamos contigo». Salieron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada.

Al amanecer, Jesús se presentó en la orilla, aunque los discípulos no sabían que era Jesús. Les dijo Jesús: «Hijos, ¿tenéis algo de comer?». Le respondieron: «No». Él les dijo: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis». La echaron, y ya no podían arrastrarla por la multitud de peces. Entonces el discípulo a quien Jesús amaba dijo a Pedro: «Es el Señor». Simón Pedro, al oír que era el Señor, se ciñó la túnica —pues estaba desnudo— y se echó al mar, mientras los otros discípulos llegaron en la barca —no estaban lejos de tierra, sino como a unos doscientos codos— arrastrando la red con los peces. Al bajar a tierra, ven unas brasas preparadas, y un pez puesto encima y pan. Les dijo Jesús: «Traed de los peces que acabáis de pescar». Subió Simón Pedro y arrastró la red a tierra, llena de peces grandes: ciento cincuenta y tres; y, a pesar de ser tantos, no se rompió la red. Les dijo Jesús: «Venid y comed». Y ninguno de los que estaban comiendo se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres?», pues sabían que era el Señor. Se acercó Jesús, tomó el pan y se lo dio, y de igual modo el pescado. Ésta fue ya la tercera vez que Jesús se manifestó a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.

Reflexión

En este pasaje del Viernes de la Octava, contemplamos cómo Jesús se manifiesta nuevamente a sus discípulos junto al mar de Tiberíades, tras una noche de esfuerzo infructuoso. La escena es profundamente conmovedora: Pedro, al reconocer al Señor en la orilla, no duda ni un instante; se ciñe la túnica y se lanza al mar, impulsado por un amor que supera toda prudencia humana. Este gesto nos habla de una fe que no calcula, que no espera, sino que corre hacia el encuentro con el Amado. En nuestra vida espiritual, a menudo nos encontramos como los discípulos: cansados después de noches de trabajo sin fruto, desorientados en la barca de nuestras preocupaciones. Pero Cristo viene a nuestro encuentro en la orilla de nuestra existencia, ofreciéndonos su dirección: ‘Echad la red a la derecha’. Su palabra transforma nuestro esfuerzo en abundancia, como aquella red llena de ciento cincuenta y tres peces grandes. En la cultura de Japón, donde la paciencia y la perseverancia son virtudes profundamente valoradas, podemos ver un reflejo de esta escena. El pescador japonés sabe que hay momentos de espera y momentos de acción decisiva, y que el éxito llega cuando se sigue la sabiduría correcta. Así, nuestra fe nos llama a combinar la paciencia del que espera en Dios con la audacia de Pedro al lanzarse al mar. Finalmente, Jesús prepara el desayuno y comparte el pan y el pescado con sus discípulos, prefigurando la Eucaristía. Que cada Misa sea para nosotros ese espacio donde, reconociendo al Señor en la fracción del pan, nos lancemos con todo nuestro ser hacia Él, dejando atrás las redes de nuestras seguridades para encontrarnos con el Amor que nos espera en la orilla.

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