Evangelio
Al caer la tarde, sus discípulos bajaron al mar y, subiendo a una barca, se dirigieron al otro lado del mar hacia Cafarnaúm. Ya había oscurecido y Jesús aún no los había alcanzado. El mar se encrespaba porque soplaba un viento fuerte. Cuando habían remado como veinticinco o treinta estadios, vieron a Jesús que caminaba sobre el mar y se acercaba a la barca, y se asustaron. Pero él les dijo: “Soy yo. No teman.” Entonces quisieron recibirlo en la barca, y enseguida la barca tocó tierra en el lugar adonde iban.
Reflexión
En la oscuridad de la noche, cuando los discípulos luchan contra un mar embravecido y el viento fuerte amenaza su barca, Jesús aparece caminando sobre las aguas. Este pasaje evangélico nos revela que Cristo viene a nuestro encuentro precisamente en los momentos de mayor turbación y temor, cuando sentimos que las fuerzas nos abandonan y la incertidumbre nos envuelve. Su presencia sobrenatural, que trasciende las leyes de la naturaleza, es un signo poderoso de su divinidad y de su dominio sobre todo lo que nos inquieta. Las palabras “Soy yo. No teman” no son un simple consuelo, sino una revelación profunda: reconocer a Jesús en medio de la tormenta es la clave para vencer el pánico. Como recordaba el Papa Juan Pablo II, quien conoció el horror de la guerra, el miedo puede paralizar y oscurecer la vida, pero la confianza en la Persona de Cristo nos libera. En Japón, una nación que ha enfrentado terremotos, tsunamis y la sombra de la guerra, esta enseñanza resuena con fuerza: ante la fragilidad de la existencia, la fe nos invita a no aferrarnos al miedo, sino a abrir el corazón al Salvador que camina sobre nuestras angustias. Hoy, en tus luchas diarias, ya sean crisis personales o incertidumbres laborales, deja que Jesús entre en tu ‘barca’. Acéptalo con fe, y descubrirás que, con Él, llegarás a puerto seguro, tocando la tierra firme de su paz y amor eterno.





