Evangelio
Mientras enseñaba en el Templo, Jesús preguntó: “¿Cómo dicen los escribas que el Cristo es hijo de David? El mismo David, movido por el Espíritu Santo, dijo: ‘Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies’. Si el mismo David lo llama Señor, ¿cómo puede ser hijo suyo?”. Y la gran muchedumbre lo escuchaba con gusto.
Reflexión
Jesús, en el Templo, desvela la identidad del Mesías: no solo hijo de David, sino Señor. Los escribas lo reducían a un heredero humano, pero Él cita el Salmo 110 para mostrar que David mismo lo llama «mi Señor». Así, las Escrituras cobran pleno sentido en Cristo, respuesta definitiva a las promesas y anhelos del corazón. Por eso la multitud lo escuchaba con gusto: en Él hallaban la verdad que trasciende toda genealogía. En Japón, donde el respeto a los ancestros y la tradición pesan tanto, esta enseñanza invita a los católicos a no limitar a Jesús a un mero eslabón familiar, sino a reconocer su divinidad sobre toda costumbre. San Bonifacio, mártir, dio su vida por esta fe. Hoy, pídele a Jesús que ilumine tu entendimiento para adorarlo como Señor, y que en tus decisiones diarias, especialmente ante tradiciones que contradigan el Evangelio, proclames su señorío con valentía.

