Evangelio
Amén, amén, les digo, que ustedes llorarán y se lamentarán, pero el mundo se alegrará. Y estarán muy tristes, pero su tristeza se convertirá en alegría. La mujer, cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha llegado su hora. Pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda de las dificultades, por la alegría: porque un hombre ha nacido en el mundo. Así también ustedes, en verdad, tienen tristeza ahora. Pero volveré a verlos, y su corazón se alegrará. Y nadie les quitará su alegría.Y en aquel día, no me pedirán nada. Amén, amén, les digo: si le piden algo al Padre en mi nombre, él se lo dará.
Reflexión
Jesús nos habla de un misterio profundo: el dolor que se transforma en alegría, como la mujer que da a luz. San Isidro Labrador, patrón de los agricultores, vivió esta verdad en su vida de trabajo y oración. En Japón, donde la cultura valora el esfuerzo y la paciencia, esta enseñanza resuena especialmente. Los agricultores japoneses, tras meses de cuidado bajo el sol y la lluvia, ven con gozo la cosecha. Así, nuestra fe nos asegura que las lágrimas de hoy, ofrecidas a Cristo, darán paso a una alegría eterna. No es un simple optimismo, sino la certeza pascual de que el Padre nos escucha en el nombre de Jesús. En medio de pruebas, podemos pedir con confianza, sabiendo que Él nos dará lo que realmente necesitamos: la paz que nadie nos quita. Hoy, al enfrentar dificultades, recordemos que el sufrimiento no es el final. Unámonos a San Isidro en su labor cotidiana, transformando cada esfuerzo en oración. La alegría prometida no es una emoción pasajera, sino el fruto de la presencia de Cristo resucitado en nuestra vida. Vivamos con esperanza activa, trabajando por el Reino, seguros de que la cosecha será abundante.



