Evangelio
Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de la Verdad, que el mundo no puede recibir porque no lo ve ni lo conoce. Vosotros lo conocéis, porque permanece junto a vosotros y está en vosotros. No os dejaré huérfanos; volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero vosotros me veréis, porque yo vivo y también vosotros viviréis. Aquel día sabréis que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros. El que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él.
Reflexión
En este sexto domingo de Pascua, la liturgia nos presenta la promesa del Paráclito, el Espíritu Santo. Jesús, consciente de nuestra debilidad, nos asegura que no nos dejará huérfanos. Esta certeza transforma nuestra fe en una relación viva con Dios. El amor a Cristo se traduce en guardar sus mandamientos, no por obligación, sino como respuesta a su amor. El Espíritu Santo nos capacita para vivir en comunión con Dios y con los hermanos. En los sacramentos, especialmente la Eucaristía, experimentamos su cercanía. Él nos guía a la verdad y nos santifica, haciendo que la vida cristiana no sea un esfuerzo solitario. En Japón, cultura de armonía y respeto, la promesa de un Consolador permanente resuena profundamente. Muchos japoneses viven la soledad en una sociedad competitiva; el Espíritu Santo ofrece compañía y paz. La pequeña comunidad católica en Japón testimonia esta presencia viva que trasciende las dificultades. Pidamos al Espíritu que renueve nuestro amor a Cristo. Recordemos que nunca estamos solos. Busquemos su presencia en la oración y los sacramentos.




